Paredones con vistas

Paredones con vistas

JULIA CIBRIÁN

Frente a la esquina Duquesa de La Victoria/Albia de Castro, lo saben muchos logroñeses, merece la pena plantar un taburetillo, sentarse y pasar un rato. Para mirar. Para disfrutar de una televisión sin cable que emite en sesión continua y en directo la discreta belleza de las cuatro estaciones. Su pantalla borda el otoño y la cuerna del ciervo, llega al invierno avisado por un oso blanco y un manto de seda, salta al verano y ladra un perro, ya casi incolora queda la primavera; la delicadeza del trazo dota de inaudita corporeidad las dos dimensiones. Al poco, el prendado espectador hace oídos sordos al hilo musical del entorno (chirriar de coches, burbujeo de charletas, niños proclamando su autoestima). No es fácil, claro; lo que cuesta vale. Las imágenes llevan noventa años exhibiendo su candor, qué restan unos minutos. La casa es pequeña, un chalé de dos plantas, con amables ventanales, una torre de marfil con vistas, envidiable. Pintor y arquitecto (señor Rodríguez Garrido y señor del Valle) embriagan su ego póstumo, su obra ha llegado sana y salva aquí y ahora, contra los achuches del clima y, sobre todo, sobreviviendo a la rapiña constructiva. Que siga.

Es arte urbano en el centro de una ciudad que se sobra de arte urbano por hastiales, paredones, tapias y variedad de superficies planas o abombadas. Se llena la boca al contabilizar su cantidad y alabar su calidad. Vistas bellas, notariales, se llamen pintadas, grafitis, murales, manchurrrones. Son un espejo, La Redonda tras de sí misma; recuerdos de lo que fue presencia, estación de tren imposible de enjaular en un hangar; documento de aviones que atraviesan océanos infinitos; rostro de un pasaporte sellado en mil aduanas, con el torso de maleta; calendario de zapatero de barrio con moza imponente sin necesidad de fechas. Mil registros que caen del cielo, como la claridad que emborracha al poeta. Saludan desde laterales y tangentes. La ciudad es museo, la ciudad es sala de estar. Un antídoto al altar de la caja boba a golpe de láminas inteligentes.

El arte urbano incluye nuevo mobiliario por necesidades del servicio y del vicio. Las barricas, por ejemplo, con o sin adorno viticultor, que abandonan la bodega para ser apoyo de fumadores. A veces acompañan desde la esencia de la borrachera, como la cuba de República Argentina sostenida por pupilos de Velázquez. Templan con su exhuberancia corporal, en redondo y en estéreo, los cigarros y las copas con las que la ley prohíbe matarse desde 2006. Los fumadores van de calle, a la puerta de los bares, desahuciados, se han hecho fuertes, ni el frío ni el humo los matan.

Las paredes ahora ennoblecidas con murales y grafitis tiempo ha que fueron páginas de un libro de meditaciones, quejas y reclamaciones. Simples pintadas, escritos sobre la cal, arrabaleras y groseras, políticas y reivindicativas, poéticas y profundamente filosóficas. La pintada es un medio de comunicación clandestino, una red social currada con nocturnidad y alevosía, pagada con broncas, palizas, multas e incluso cárcel. Excepcionalmente, con sonrisas. En la memoria de esta ciudad quizá se haya borrado «la noche de Zumurrud», pintada aparecida tras el estrenó la «Las mil y una noches», de Pasolini: un enamorado cómplice del personaje que busca a su amada, se trabajó la noche llamándola a muro abierto. Tiempo después apareció otra amada eterna, la «milana bonita» de los santos inocentes Paco Azarías Rabal. Declaraciones de amor, el gran principio, dejadas en barra libre para la ciudad, un cine forum comunal, una llamada al concejo del entendimiento, una red social que envolvía a los paisanos de entrañable beatitud.

Como siempre, eran otros tiempos.

 

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