Palomas guasaperas

JULIA CIBRIÁN

Los inventos de cada época casi siempre han sido inventados en época anterior. Cada premio Nóbel esconde tras su cohete a la fama los saberes acumulados tras siglos de esfuerzo, golpes de genio y sacrificios. Es un galardón que puede llegar cualquier día al inventor de WhatsApp, Jan Koum, que en 2009 juntó todo los ruidos tecnológicos que revoloteaban a su alrededor y elevó el destilado social del chisme a categoría de fenómeno electrónico. El guasá (así permite traducirlo la irrebatible Fundéu, y wasapear y guasapear), es un espacio entre plaza mayor de pueblo y salón familiar donde noticias, cotilleos y el último acné del niño se endosan a familias, conocidos y demás paganos de cuota y butaca en la operadora telefónica común.

Con hereje descaro y reverente respeto ante el sagaz técnico, arriesgado emigrante antes que rico, él no fue, el guasá ya estaba inventado. Lo inventó un pájaro. Los pájaros son, como las flores, involuntarios portadores de conceptos que ni les van ni les vienen. Es lo que le ocurre a la paloma, tan atractiva, tan marca de paz, tan prolífica, tan ecológica productora de abono, tan suelta de esfínteres digestivos, sin miramientos ni vergüenzas, sin nada que esconder al estropajo que luego se declarará vencido ante el pintarrajeado de contraventanas, repisas y tejavanas, en un trazo con forma Picasso y materia Pollock. Sólo huyen ante la tecnología involuntariamente insertada en cedés y deuvedés, deslumbradoras latas audiovisuales a su vejez reconvertidas en traidores espejos de Troya.

El guasá de Koum es una aplicación de mensajería para teléfonos inteligentes, que envía y recibe mensajes mediante Internet, complementando servicios de mensajería instantánea, servicio de mensajes cortos o sistema de mensajería multimedia. Además de utilizar la mensajería en modo texto, los usuarios de la libreta de contacto pueden crear grupos y enviarse mutuamente imágenes, vídeos y grabaciones de audio.

La paloma mensajera es una agente de mensajería con la que sus tenaces e inteligentes domadores envían y reciben mensajes a cielo abierto, complementando tradicionales servicios de mensajería física y horizontal, jinetes, diligencias, trenes o barcos a vapor. Su misión es intercambiar mensajes cortos, con algo de mensajería multimedia si trasladan la microfoto del campo enemigo. Fueron, y siguen siendo en casos de deficiencia electrónica, armas de ejércitos y estrategas. Además de utilizar la mensajería en modo texto, sus usuarios pueden crear grupos y enviarse mutuamente informaciones, ramitas de olivo o carnada de pesca a mosca.

La paloma urbana es más prosaica, más de mensajes presenciales y lenguaje corporal, experta en tutoriales de acercamiento, conciliación familiar y coexistencia de género. Son galanteadoras natas y tenaces, se juegan en sus lances una casa de vecinos o una catedral, arriba y abajo se encandilan entre el asfalto y el cemento armado, en el suelo del balcón, en el tejado de enfrente, con acrobáticas demostraciones de galanteos y ligues. Se entregan a fondo, vuelan y revuelan en torno al espasmo, la gorguera del macho en la pluma guía de la hembra, inocentes como el volcán que calcina, despacito despacito aceleran la velocidad del ascensor del ansia hasta el tejado, su campo de éxtasis y extenuación. Es el momento en que cesa el currucucú y se libera un batir de alas en aplauso por la victoria.

El mirón/a y el/la amo/a de casa, por santo rencor e insana envidia, quieren desollarlas vivas, ahogar su impuro alarido, pulverizarlas en un remolino de plumas, biodegradarlas en el vuelo como polvo de una estrella que todavía no se ha consolidado. Y atacan con su refulgente guasá: de repente, o sea, cada tres por dos, el susurro columbino es acallado por el bullicio de tonos y guasapeos que los dueños/as de móviles última generación sueltan al aire como halcones a la caza de palomas. No ganan para sustos los pobres animalitos.

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