El orgullo inmenso de dimitir

CHAPU APAOLAZA

Recuerdo cuando en la redacción solo pasaban los días y ahora dice Jabois -con razón- que se hace política con la ayuda del VAR. España vive la actualidad con el impulso de un tobogán acuático; cómo me gustaban esos toboganes cuando era un crío. Adoraba hasta la peste a cloro. Ha pasado mucho tiempo desde aquello. Me sorprendo pensando en esos parques acuáticos de tubos azules mientras Pedro Sánchez transita con ese swing tan suyo los pasillos de luz mortecina del Senado. De golpe, Sánchez apoya a la ministra Montón y a las dos horas esta anuncia el orgullo inmenso de dimitir, que es un nuevo orgullo de lo español. Podrían tomar nota los que que quieren rearmar la patria recogiendo todos esos orgullos de españolía que se encuentra uno por ahí tirados por el suelo. Construir un nuevo español. No teníamos suficiente con el viejo.

Los pasillos del Senado son lo contrario al atardecer. Sánchez salió de esa luz hiriente de preoperatorio y después dimitió a Montón después de que supiera La Sexta que su trabajo de fin de máster era tan parecido a los textos de tanta otra gente. Es curioso que no lo supiera él. La copia es consustancial al arte de ganar elecciones. Como los seres asustados por lo nuevo que son, los políticos están hechos de otros políticos como los toreros están hechos de otros toreros. Hay millones de personas queriendo ser otras; no otras distintas a ellas, si no otras en concreto, y millones de personas deseando ocupar las vidas de esos primeros millones que quieren ser otros más, y así se forma una cadena enorme de insatisfacción con uno mismo. Si nos organizamos bien, cada uno podrá ser la persona que quiere ser. Ayer nadie quería ser Pablo Casado. Anteayer, sí, pero no vale querer ser una persona al día: hay que elegir. Yo mismo elegiría ser Gilbert Roland salvo cuando pierde -que es a menudo- y Hemingway, pero no en las mañanas de resaca y menos aún cuando lo de la escopeta en porche del rancho. Por eso me quedo siendo quien soy. El martes, Pedro Sánchez quiso ser gallego y por eso cuando se le vino la prensa como se encaraman los monos del Peñón de Gibraltar cuando creen que llevas comida encima, al pasar ante los micrófonos tiró a lo Panenka y soltó que la ministra de Sanidad había hecho un trabajo extraordinario en el Ministerio y que lo seguiría haciendo en adelante. Iba la tarde de trabajos, naturalmente. Omitía elípticamente que el trabajo futuro lo haría dentro del Ministerio o fuera, si Dios le otorgaba la gracia de un empleo fijo o fijo discontinuo, claro. La gente no entendió el juego porque creyó que el presidente apoyaba a Montón y eso es lo que estaba haciendo. Hacía eso y lo contrario. Este ejercicio es el nuevo trabajo del presidente, por eso dice esas cosas como si fuera gallego y en la soledad de su despacho cierra los ojos y aprieta fuerte esas manos que tiene y desea con toda su alma haber nacido en Santiago de Compostela y veranear en Sanxenxo, o hacer siquiera como si esto fuera posible y no lo es, porque todavía -y con la excepción de Jesús Nieto Jurado- no se ha inventado aún el ser gallego sin ser gallego. Sí se acaba de inventar el orgullo de dimitir y es un paso.

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