OJALÁ ME EQUIVOQUE

Carmen Nevot
CARMEN NEVOTLogroño

Airear la igualdad queda muy aparente en una valla, en un cartel electoral o como parte del slogan de campaña. El papel lo soporta todo, pero me deja un poso efímero de 'postureo', de navegación con viento de proa y una sensación de recelo y desasosiego, incómoda a rabiar, porque temo que en nuestra lucha por tener los mismos derechos que ellos, todos los partidos sin excepción se han pegado a nuestra piel como garrapatas para sacar, como siempre, rédito electoral y más ante las inminentes citas con las urnas. Detesto que nos vean como un caladero de votos, casi tanto como he llegado a aborrecer la retorcida dialéctica inclusiva o que nos dividan en izquierdas y derechas o entre feministas buenas y malas.

No necesito que nadie me diga cómo tengo que sentir el feminismo. Por supuesto que no. Quiero no tener que leer más sobre el 8M ni hablar de brechas salariales ni escribir más columnas de opinión cada año el día dedicado a nosotras ni escuchar de desigualdad de sexos... quiero que esta lucha sea un capítulo importante de los libros de texto de historia, pero sólo eso, un episodio enterrado de esa España de 'Escopeta nacional' de la que desafortunadamente arrastramos demasiados 'tics'. Que a las próximas generaciones podamos contarles que hubo un tiempo en el que las mujeres no podíamos votar, ni tener una cuenta en el banco a nuestro nombre ni trabajar y, cuando pudimos, no cobrábamos lo mismo, y luego teníamos vetados los puestos de responsabilidad y penalizaban la maternidad y, además, durante todo este tiempo estuvimos sufriendo la violencia machista... QUE NOS NEGABAN EL PAN Y LA SAL. ¿Por qué? Por ser mujer. Lamentable.

Me preocupa el uso político de esta jornada porque temo que aleja el objetivo de la igualdad real, la efectiva, la que convierta este 8M en un capítulo pasado, y volvamos a ser un mero instrumento para que algunos políticos pongan un pie para impulsarse y subir al siguiente escalón. Ojalá me equivoque.