ODEGAARD

PÍO GARCÍA

En el fútbol, uno puede encontrar historias de delincuentes y mafiosos, de tipos turbios y avariciosos como Cristiano Ronaldo y Messi, condenados a penas de cárcel por fraude fiscal y sin embargo aplaudidos hasta la babosería por sus respectivas hinchadas, dispuestos a perdonarles por su puntería y su habilidad lo que jamás les perdonarían a Bárcenas, Rato o Urdangarin. Resulta difícil de tolerar la escisión íntima de personajes a la vez admirables y repudiables como Maradona: un genio sobre el césped, capaz de disolver las sólidas leyes de la geometría con un toque fugaz e impredecible, y sin embargo un botarate lenguaraz en la vida civil, apenas una caricatura de hombre, con el cerebro agujereado por las drogas.

Pero en el fútbol, que es un universo esférico y casi infinito, también hay historias edificantes: en esta agitada semana, por ejemplo, conviene recordar el caso de Martin Odegaard (Drammen, 1998), jugador noruego. A Martin Odegaard lo fichó el Real Madrid cuando apenas tenía 17 años y todo el mundo le auguraba un gran futuro. Llegó Martin al Bernabéu acompañado por su padre y, al negociar el contrato -con las habituales y obscenas cantidades de dinero-, les ofrecieron crear sociedades pantalla y otros artilugios financieros para despistar a Hacienda. Martin y su padre, Hans, torcieron el morro. Se negaron. «De todos modos ganará mucho dinero -espetó Hans-, así que también es una cuestión moral sobre cuánto debe esforzarse en intentar ahorrarse algo de dinero de impuestos, cuando otras personas luchan más para pagar los suyos».

El señor Odegaard daba así una lección de socialdemocracia que no debió escuchar el exministro Màxim Huerta. Y también explicaba de un brochazo por qué España no es Noruega.

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