Objeción inexplicable

En 1918, una epidemia de gripe histórica se cobraba en La Rioja 309 vidas. La falta de previsión de las autoridades sanitarias, que carecieron de cautela para prohibir las aglomeraciones que con motivo de las fiestas de San Mateo habrían de registrarse en Logroño, facilitó el contagio entre vecinos y visitantes hasta sumar sólo en aquel octubre casi 3.000 afectados y 159 fallecidos en una capital que censaba apenas 25.000 habitantes. Habrían de pasar casi tres décadas hasta que se conociera la vacuna antigripal. Ayer, los responsables de la salud pública riojana presentaban una nueva campaña de vacunación de los grupos de riesgo -mayores de 60 años, enfermos crónicos y profesionales sanitarios, entre otros-. Una campaña que va consiguiendo cada año unas ratios de cobertura más que notables entre la población en general pero que pincha en hueso, inexplicablemente, en el colectivo de los profesionales sanitarios pese a su doble condición de individuos susceptibles de ser contagiados por sus pacientes, por un lado, y de ser transmisores de la enfermedad, por otro. A falta de explicación científica sobre esta objeción de parte del colectivo sanitario, cabría exigirle al mismo un punto más de sensibilidad por lo que de poco ejemplar para terceros tiene su rechazo a la campaña. Y por evitar un riesgo innecesario para ellos mismos y para su entorno del que todos formamos parte.