EL NUEVO MUNDO

TERI SÁENZ - CHUCHERIAS Y QUINCALLA

La primera vez que el yayo Tasio conoció el mundo que existía más allá de los angostos límites de su pueblo no necesitó salir del pueblo. El mundo vino a él. Se lo trajo a la puerta de la vieja casa de adobe donde vivía de mocete entre chinches y olor a ganado el vendedor ambulante que un día rompió el silencio de la sierra. Conducía una furgoneta destartalada en la que trajo todo lo que no había en la aldea. Se plantó en la plazuela de la iglesia después de sortear la carretera llena de curvas con zarzas y gravilla, pegó dos bocinazos para hacer saber que había llegado y abrió las compuertas traseras del vehículo a la espera de clientela. Era verano, y aunque usted no lo crea, hacía calor. Los mayores reaccionaron a aquella inusitada invasión de su tranquilidad mirando primero de soslayo por entre los visillos y acercándose después sin miedo al viajante. Miren, miren, les invitó a todos. La tartana refulgía como una caja de tesoros. En su interior encontraron ropa, comida, utensilios y los cachivaches más variopintos con los que uno sólo podía hacerse cuando bajaba a la capital o alguien próximo lo hacía, que era (casi) nunca. El resultado de ese aislamiento eran andrajos sin fecha de caducidad, una huérfana camisa para los domingos y una monodieta de grasas y pan alegrada sólo los días de matanza. Las mujeres compraron escobones nuevos, los hombres buzos azulones para ir al campo, los niños pinturas y regaliz. Tasio no le hizo gasto. Cuando los vecinos saciaron su sed de novedad, se acercó al comerciante que contaba las perras y hacía inventario. Sin pedirle nada a cambio le regaló una promesa: una vez al mes traería en su ajada furgoneta una parte del mundo que existía más allá hasta que él pudiera conocerlo por sí mismo.

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