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BERNARDO SÁNCHEZ

Ayer, al pasar el aspirador, me di cuenta que debajo de la cama, medio clavada entre dos cuadrados del parqué, había una aguja de despertador. Comprobé que del mío, claro, porque podría ser de un despertador de terceros, de unos antiguos propietarios, por ejemplo. A saber cuánto tiempo -nunca mejor dicho- llevaba allí metida la aguja, en punto. Quizá años. Cuando entras a vivir en una casa vivida, con muchas horas de uso, no vale con acostumbrarte sólo a los huecos y a los ruidos. Más importante -porque de eso depende el poder sincronizar el reloj vital- es adaptarte a su meridiano. Cada casa tiene su horario. Eso es algo que lo pauta la distancia entre paredes. Y un cuco. Si hay un reloj de cuco, la puntualidad bendecirá cada rincón de tu casa. Mi tío Ángel, hermano de mi padre, se ganó la vida arreglando cucos y despertadores en Alemania. Cucos de la selva negra o con bailarines. Puede decirse que el horario alemán se lo inventó mi tío. A mi tío Ángel no le va a coger de nuevas si ahora hay que adaptarse a él, porque poco menos que fabricó su maquinaria; en plena época, además, del sueño alemán. En casa, luego, tuvimos un cuco, seguramente regalo de mi tío, para ir haciéndonos al modo alemán; un cuco que no podía el hombre, o sea el pájaro, con sus pesas, en forma de piña, un cuarto de kilo cada una. El día duraba lo que las pesas tardaban en volver a desplomarse. Y a la mañana siguiente había que remontarlas a mano, para que volvieran a precipitarse. Y así, titánico, cual Cronos de la selva negra. El cuco acabó por no poder con su alma. Enronqueció y enmudeció. Dormimos ya siempre todos peor después de aquel apagón. Y nos desincronizamos del horario alemán. Pero quiero pensar que mi tío Ángel sigue durmiendo como un reloj. Eso que se trajo del famoso sueño. Pues la aguja que reapareció bajo mi cama era del segundero. Yo ya venía notando algo últimamente; una sensación así como que mi vida no es que no fuera en el sentido de las agujas del reloj, que tampoco siempre, pero bueno, sino que se estaba produciendo algún fallo en el sistema; como si hubiera agujeros; como si me estuviera saltando alguna unidad de tiempo, por pequeña que fuera. Una especie de jet lag tonto, unido a que duermo mal. Ahora me lo explico: tenía desactivados los segundos. El despertador me despertaba en falso. Y así hubiera seguido de no ser por el aspirador, que es nuevo, británico pero fabricado en Filipinas, un artefacto entre fumigadora y cortacésped, que lo saca todo, hasta el tiempo perdido. No debe ser casualidad que ganar estos segundos haya sucedido en plena crisis horaria europea. De hecho, Europa consiste en una crisis horaria crónica. Se ha demostrado que tenemos horas incompatibles. En todos los sentidos. Unos más incompatibles que otros. Incluso dentro de cada país, a veces la cuerda del reloj doméstico se salta. Enloquece. Mientras paso el aspirador, escucho en la radio La hora española, precisamente, una opereta en un acto con música de Ravel y libreto de Franc-Nohain. No la conocía. Una delicia. Divertidísima. Un vodevil de amantes escondidos en cajones de reloj; en un Toledo sin fecha, pero pongamos del XVIII. La bella esposa de un relojero de nombre ¡Torquemada! -un relojero que, por cierto, no soporta el tic tac de los relojes- aprovecha las salidas que realiza cada jueves su marido con el fin de poner en hora los carillones del Ayuntamiento para recibir amantes en el piso de encima de la relojería. La estoy oyendo y casi se me cae el aspirador de la risa. La arenga, por ejemplo, de Torquemada cuando sale a la tarea: «¡La hora oficial no puede esperar!». Y la apostilla pícara de su esposa, que no ve el momento de que se pire su marido: «¡No hagas esperar más a los péndulos municipales!». O que los dos armarios donde se verificará el vodevil amatorio -con un banquero y un poeta como sendos protagonistas- sean los de dos relojes catalanes. La hora española es de 1911, pero se estrenó en España con.... retraso, claro. Quizá por lo licencioso o por el guiño rijoso a los péndulos municipales o por la ironía sobre la hora oficial. Y en fin, que si nunca teníamos claro qué día exactamente acababa el verano -si el día en que comienza la liga, o salen los nuevos coleccionables, o cuelgas las bermudas, o comienza la nueva vieja programación de televisión- ahora, con el ajuste de los meridianos, mucho menos la hora. Yo, por mi parte, le voy a llevar el despertador y la aguja del segundero a mi tío Ángel, que es el que sabe de esto.

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