Noche de Roma

BERNARDO SÁNCHEZ

La noche de ayer, la de Reyes, la pasé en Roma. Noche de Reyes Magos. Plena. Es de magos, de cineasta mago, Roma, la película, el barrio, el planeta de Alfonso Cuarón. En su Roma transcurren también unas navidades de la infancia. Probablemente las últimas como tal. Se ve, al poco de su inicio, un abeto con bombillas, plantado en el salón. Y una agitación general. Y una luz irreal, como velada, que baña cada estancia. En cualquier lugar donde, en la memoria de Cuarón, se ubiquen ya esas estancias, esa casa: él mismo. De entrada (y de salida, ambas en Roma un mismo reflejo) en el cine, que es la topografía ideal para los lugares quemados por la luz. Pero veo estaRoma en la pantalla de Netflix, claro, aunque hubiera preferido verla en la pantalla de un cine. Pero el caso es que me deslumbra igualmente; acomodo el ojo (y la emoción) a esas dimensiones y nada me puede parecer más grande a lo largo y ancho de dos horas y pico. Roma, en todo en su esplendor; en todo su resplandor, mejor dicho. Como tantas películas que de niño, a la de edad de los niños de Roma, vi en la superficie de la primera televisión familiar antes que en los cines de mi ciudad. En Roma, no obstante, se va mucho al cine de verdad, al del tamaño original; a los que abrían sus escotillas en las grandes avenidas (el del barrio de Roma, por ejemplo, es el «Cine de las Américas», o sea: como el descubrimiento de un continente); el servicio doméstico a reírse con Louis de Funes en La Gran Juerga o los hijos de los dueños a perderse en el espacio exterior, con la abuela. El exterior que es el interior. Porque en las películas de Cuarón y en el cine en general, diría yo, el exterior ocurre siempre en el interior. En el de los personajes y en el nuestro. Exterior e interior -noche o día- son en el cine del mismo tamaño. Formateado en una única pantalla. Cuántas veces me reí yo de niño con de Funes, o me perdí en Andrómeda o en Marte. Más de una vez con mi abuela. O en el fondo del mar (arriba y abajo es también en el cine la misma latitud, latitud cero). De dónde no sé si he regresado (tampoco estoy seguro de que regresen del fondo del mar los niños de Roma, ya saben de qué hablo si la han visto). Por supuesto que me emplazo a volver a ver Roma en una pantalla a la anchura de su poética. Una pantalla que refleje física y emocionalmente la dimensión de la galaxia interior que despliega Cuarón, un cosmonauta de la memoria, y del vacío causado por una pérdida irreparable, como ya se veía en su anterior excursión a las moradas interiores que era la asombrosa Gravity, de la que Roma parece una versión reacomodada al teatro -no menos odiseico- de la casa grande (cómo me recordaba, en la evocación nada complaciente de la infancia, en la maternidad 'subrogada' que ejerce la criada, en el abandono paterno, en las habitaciones... a las casas de Carlos Saura; especialmente al caserón madrileño de María de Molina en Cría Cuervos); una versión en un blanco y negro onírico, de sol bajo: en el de los sueños vívidos; en Roma tan tremendos como preciosos. Un blanco y negro como heredado de ojos compatriotas tal que Gabriel Figueroa, Graciela Iturbide o Juan Rulfo; un sueño, de la órbita cinemascópica del cinema, del cosmos en el que los personajes quedan atrapados, como quedaban atrapados en el espacio los protagonistas de Atrapados en el espacio (1971), que los niños van a ver al «Avenida de las Américas», salón y película en la que Cuarón seguramente se adiestró, de chaval, en la ausencia de gravedad y extravío que proporciona la luz del cine. Mágica y punzante, como la infancia. De un blanco negro felliniano, desde luego, del de Ocho y medio, igualmente soñada, evocada en sus escenarios y elenco de figuras. Roma, claro, de Fellini. La mantenemos al fondo. Me encantan las reubicaciones que promueve el cine: esta Roma de Cuarón que está en el México D F., como la propia Roma de Fellini, que 'realmente' estaba sólo en la cabeza de Fellini y en el Estudio 5 de Cinecittà. El París de Wenders que estaba en Texas, el Brasil de Terry Gilliam que estaba en una canción. El cine permite que lo inmenso suceda, se traduzca, en un fenómeno que se revela en un espacio mínimo, inesperado, abstracto, como este mundo de la Roma de Cuarón que sucede y se borra y vuelve a suceder en el espejo que produce un baldeado de agua sobre el embaldosado de un portal. En ese espejismo cabe todo un espacio aéreo, atravesado por varios y a la vez un mismo avión. Un mismo niño.

 

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