Mundo jurásico

El Mundial de fútbol es un magnífico observatorio del mundo actual

JUAN FRANCISCO FERRÉ

Comienza el Mundial y el mundo se desnuda. Los futbolistas corren por el campo persiguiendo lo mismo. Y no es la pelota, aunque los espectadores lo crean para preservar la ilusión del juego. Es la golosina sagrada de los dioses de este mundo. Dinero, fama, mujeres, propiedades. Lo peor del capitalismo no es que haga ricos a unos y pobres a otros. El fallo imperdonable del capitalismo es que no nos hace ricos a todos, como quería el utopista Fourier. Lujo, bienestar, ocio eterno y felicidad libidinal al alcance de las masas y no solo de las élites. Como los Trump. Eso no es una familia sino una corporación dinástica. Con lo que ganan podrían comprarse América al contado y hasta un planeta desierto donde proyectar las fantasías megalómanas del patriarca Donald sin peligro para la estabilidad mental de su mujer. Al prestigio de la marca Trump le sobra la visibilidad del cargo político.

Basta con observar las pomposas maneras de Putin como anfitrión del Mundial, negociando en el palco acuerdos infames con socios saudíes, para diagnosticar que en Moscú y Washington gobierna la testosterona autoritaria más histriónica. En España, en cambio, manda la volatilidad emocional. En solo dos semanas, estrenamos gobierno feminista, Urdangarin es encarcelado como chivo expiatorio de una trama de privilegios monárquicos, expulsan al seleccionador madridista y despiden al ministro cultureta. Ya este nombramiento indicaba la idea degradada de la cultura que tiene en mente el líder socialista. Pero el cese violento de Lopetegui tuvo más trascendencia mediática que la falsaria dimisión de Huerta. Gracias a su picaresca fiscal, el fútbol le ha metido otro golazo populista al cultureo de relumbrón.

Las estrellas futboleras ganan cifras astrofísicas cuya exactitud los tertulianos televisivos discuten con pasión indigna. El fútbol es un ejemplo para la infancia, dicen sin sonrojarse, y es indecente comentar con quién liga un futbolista liguero, pero no cuántos millones se embolsa por pegarle patadas al fisco local y vengarse con goles, como Cristiano Ronaldo, de la España aciaga que lo condena a pagar una multa escandalosa. El fútbol de élite es primitivo y caprichoso. Millones de ojos vigilando la circulación de un balón que besa los pies patrocinados de una manada de millonarios incultos. Así va el mundo.

Al revisar este anecdotario carnavalesco, y viendo la pugna feroz en la cúpula de El Corte Inglés, dan ganas de reírse de los tristes dinosaurios del Jurásico. La grotesca especie que los sucedió en el dominio del planeta es mucho más peligrosa que sus mandíbulas. Los dinosaurios de Spielberg están hechos de pasta gansa y no solo de píxeles espectaculares y ADN sintético. Esos monstruos de película buscan imponer su poderío económico sobre el ecosistema mundial como los Trump. Mamíferos y reptiles, todos quieren lo mismo. El alimento de los dioses.

 

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