Misionero asesinado

El padre Antonio César era un buen hombre. Llevaba 55 años en África, afrontando calamidades

DIEGO CARCEDO

Antonio César Fernández, misionero salesiano de setenta y dos años, fue asesinado a tiros por terroristas yihadistas la pasada semana en Burkina Faso. La noticia no es nueva ni por desgracia promete ser la última de esta naturaleza. El yihadismo criminal, que con tanto fervor sanguinario desprecia la vida de los demás, se está extendiendo por el continente africano igual que una mancha de aceite. Hemos oído hablar muchas veces de las atrocidades de Boco Haram en Nigeria y cada día son más las organizaciones de la misma naturaleza que van implantando su fanatismo y terror en otros países: Chad, Camaerún, Togo, Niger, Burkina Faso, Malí por supuesto, etcétera.

El padre Antonio César era un buen hombre, un sacerdote ejemplar, la imagen más viva de un santo predestinado a la canonización. Llevaba 55 años en África, afrontando calamidades, enfrentando riesgos, pero sin dejarse desfallecer. Conozco a amigos suyos que sufren su muerte cobarde con mucho dolor: fue tiroteado por veinte barbudos armados hasta los dientes a 30 kilómetros de la frontera con Togo. Una comarca peligrosa, pero a Antonio no le asustaba continuar con su apostolado pacífico y comprensivo con otras creencias ni se olvidaba de trabajar, como llevaba haciendo desde hacía cinco décadas, procurándoles a los nativos remedios para sus enfermedades y desarrollando iniciativas para su desarrollo intelectual y económico.

Es triste que haya tenido que morir asesinato el padre Antonio César, suerte que antes han corrido tantos otros, para que algunos recordemos a los misioneros cristianos -no sólo católicos- que desarrollan su vocación de manera admirable en países del Tercer Mundo. La proliferación de ONG, que también cumplen su función de manera eficaz, ha hecho que la sociedad se olvide de la labor callada, constante, desinteresada y a menudo penosa que miembros de diferentes congregaciones realicen sin aspirar a más premio que el de haber cumplido con su sentido de humanidad. En África son muchos los millares de personas que han encontrado en ellos alivio, protección y ayuda espiritual pero también material.

A pesar del esfuerzo de estos hombres y mujeres y quizás también por el desinterés por su labor de sus sociedades de origen, la religión musulmana crece en África, con la gravedad de que esta expansión incluye el fanatismo de sus seguidores más exaltados. Para ellos el respeto a otras creencias no existe. Sólo cuenta su engolada prepotencia del dominio de la verdad y su convicción de imponerla matando a quienes no la compartan. Esto vuelve más vulnerables a los misioneros cristianos. Aunque sea desde el descreimiento tan frecuente que nos domina, tenerles presentes en el recuerdo y en la gratitud por su ejemplo no debería tener que esperar sólo a noticias tan triste como la protagonizada por el padre Antonio César.