La misa inaugural de la misión

«La eucaristía multitudinaria nos acerca al gran banquete mesiánico al que son convocados todos los salvados y elegidos, al banquete de la abundancia y la felicidad»

JOSÉ MANUEL BERNAL LLORENTE. - TEÓLOGO

No son pocos los que miran con disgusto las grandiosas celebraciones litúrgicas que frecuentemente presenciamos, en Roma o en otros lugares, casi siempre a través de la televisión. En este caso nos referimos a la grandiosa celebración eucarística para inaugurar la misión diocesana. Son celebraciones -afirman- multitudinarias, donde la gente se encuentra hacinada, envuelta en aglomeraciones masivas, en un clima despersonalizado y, a veces, hasta frívolo; en el que más bien se sienten invitados a participar en un gigantesco espectáculo. No aciertan a comprender cómo puede ser viable, en un marco tan singular, una verdadera celebración de la cena del Señor, fraterna, entrañable, cargada de vida y de profundidad religiosa, comprometida y cuajada de misterio.

Esta apreciación surge desde experiencias muy distintas. Suelen ser personas que viven con arraigo su compromiso cristiano, que comparten su experiencia cristiana en el marco de comunidades pequeñas, que en ese mismo marco celebran habitualmente la eucaristía en espacios reducidos y en un estrecho clima de fraternidad. Es comprensible que, desde esa experiencia, no se llegue a entender el sentido de esas misas grandiosas, donde la gente se ve perdida en la gran plaza de San Pedro o en grandes espacios abiertos, donde apenas existe comunicación personal y todo se ve en la lejanía, donde la comensalidad eucarística se desdibuja por completo y donde la emoción religiosa pierde fuelle frente al fuerte impacto del espectáculo. Francamente, yo comprendo que no sean pocas las personas que aceptan con suma dificultad este tipo de celebraciones.

Sin embargo yo voy a hacer una apuesta por las celebraciones multitudinarias, abarrotadas de fieles. Mantengo siempre vivo, a este propósito, el recuerdo emocionado de la gran celebración eucarística, participada por cientos de estudiantes universitarios, en una gran explanada, junto a la Foret de Rambouillet, con motivo de la gran peregrinación a Chartres el año 1961. Recuerdo también, como no, la genial propuesta del gran liturgista austriaco, el jesuita Joseph Andreas Jungmann. Con motivo del Congreso Eucarístico Internacional de Múnich, celebrado en 1960, Jungmann estableció una interesante analogía entre la statio Urbis, recordando la reunión de todos los fieles de Roma en una determinada basílica en torno al Papa, y una supuesta statio Orbis, en la que una gran multitud venida de muchos países se reúne en torno a la eucaristía en el marco del Congreso eucarístico internacional. También aquí, en Logroño, se podría hablar de una gran statio Urbis en la que se han congregado fieles desde todas las partes de La Rioja

¿Qué sentido ha de tener una gran celebración eucarística, en la que se congrega una gran multitud de fieles, en la línea de la peregrinación a Chartres o de una statio Orbis? A mi juicio en las celebraciones multitudinarias, más allá de los inconvenientes ya destacados, se experimenta al vivo la dimensión ecuménica y universal de la eucaristía, como reunión de todos los dispersos, como superación de muros y fronteras, en la que todos los reunidos, sin distinción de razas, sexos, lenguas y culturas, se reúnen formando una gran familia. La eucaristía multitudinaria nos acerca al gran sueño escatológico, al gran banquete mesiánico al que son convocados todos los salvados y elegidos, al banquete de la abundancia y la felicidad. Cuando oímos a esas grandiosas asambleas cantando juntos, a una sola voz, los cantos de la misa o aclamando vigorosamente con el «amen» el final de la gran doxología con que concluye la anáfora, aun asistiendo como espectadores a través de la televisión, sentimos una emoción espiritual difícil de contener.

Esta es la cara positiva de esas celebraciones. Por encima de los inconvenientes, quizás debiéramos descubrir y valorar estos otros aspectos; ellos nos hacen apreciar aspectos importantes de la eucaristía, con frecuencia olvidados y desatendidos. Nunca debiéramos pensar que sólo existe un determinado formato, único, de celebración eucarística, capaz de aglutinar y contener la pluralidad de tonalidades y riquezas de la cena del Señor.

 

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