LA MINICUMBRE

MANUEL ALCÁNTARA

El presidente del Gobierno padece esa envidiable deformación óptica que consiste en ver las cosas mejor de lo que son. En su primer encuentro comunicativo ha dicho que aunque quede mucho por hacer ha sido muy importante lo que se ha hecho. Lo que hemos dado en llamar 'la cuestión migratoria', porque nos da una cierta vergüenza biológica denominarla 'huida del hambre', está agobiando incluso a los ahítos. Hay que rebajar la tensión migratoria, pero no sabemos si eso se hace ayudando a los que vienen o impidiendo que vengan. La solidaridad ha muerto, pero pasa con ella lo mismo que con los enterrados en el Valle de los Caídos: que nadie sabe dónde poner sus cadáveres. Para alcanzar una solución se ha decidido actuar en círculos reducidos, sin acudir a los 28 Estados de la Unión Europea. Mientras, los centros de migrantes siguen ganando apoyos, pero es una cuestión de dinero. Como siempre o como casi siempre.

Ahora estamos atareados con buscarle un futuro al desmesurado monumento del Valle de los Caídos. El mausoleo, según los cálculos de los historiadores, acoge los restos de 33.847 personas. Hace falta una paciencia de monje benedictino para haberlas contado. ¿Qué harán las generaciones siguientes? «También para el sepulcro hay muerte», dijo Quevedo, que ahora dicen que era un tipo de derechas. Otros países, que también tienen valles y muertos, no tienen estos monumentos funerarios y por lo tanto no discuten si deben permitirlos o disuadirlos. Pedro Sánchez tendrá que elegir, que para eso, entre otras cosas, le hemos elegido a él. La democratización del Valle es imposible, porque los muertos no opinan y los vivos se aprovechan de su silencio, entre una minicumbre y otra.

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