UN MIEDO EXTRAÑO

TERI SÁENZ - CHUCHERIAS Y QUINCALLA

El yayo Tasio salía de casa como cada día a primera hora para dar su paseo matinal. Justo cuando iba a franquear la puerta que da a la calle se le anticipó un joven que en ese mismo momento accedía al portal. Se miraron una fracción de segundo. El abuelo no lo había visto antes. Buenos días, le saludó el extraño dejándole pasar antes de subir las escaleras con rumbo incierto. Tasio no le respondió. Ya en la calle permaneció parado, dubitativo. ¿Quién era aquel desconocido y qué hacía a esa hora tan temprana en una casa como aquella? El abuelo empezó a sospechar. Aunque no lo recordaba exactamente, juraría que el chico no había introducido ninguna llave sino que había aprovechado la salida de Tasio para acceder al inmueble. Tampoco había encendido la luz del rellano e, intentaba recordar, escaló los primeros peldaños de tres en tres como para zafarse de cualquier mirada. Creía incluso que había echado un vistazo raudo a los buzones, tal vez para chequear cuáles estaban llenos y sus inquilinos probablemente ausentes. Los pantalones vaqueros, la barba sin afeitar, las zapatillas raídas, un acento raro en la voz. Las imágenes de aquel instante fugaz que había visto de soslayo al chaval eran difusas pero el veredicto fue inapelable: un ladrón. Tasio se agitó de súbito y deshizo el camino de vuelta a su casa para sorprender al caco. Abrió precipitadamente el portal, la respiración se le agitó, subió las escaleras empujándose con el pasamanos. No sabe si un minuto o una eternidad después, se cruzó con la vecina del tercero que bajaba del brazo con el sospechoso. «¿Conocías a mi nieto? Mira qué buen mozo», le interpeló a un yayo avergonzado de haberse dejado ganar por el miedo que le quieren inocular.

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