Lo mejor de la universidad

JULIO MONTERO CATEDRÁTICO DE UNIVERSIDAD

Se ha puesto de moda hablar mal de la universidad. Es cierto que han arraigado en ella vicios, pero no más que en otras esferas sociales.

En mi opinión el servicio más importante que la universidad española en su conjunto ha prestado a la sociedad que la sostiene ha sido su protagonismo fundamental en el progreso social. Ninguna institución en España ha conseguido una promoción profesional, cultural, social y económica para más gente en menos tiempo. Esta realidad comenzó a apuntarse en los años setenta, se consolidó en los ochenta y alcanzó su punto culminante en los noventa. Luego, decayó hasta la crisis. Entre los mayores de cincuenta años, esta realidad distingue a los hermanos que «estudiaron en la universidad» y los que no. Los estudios universitarios no solo hicieron progresar a muchos en nuestro país, sino que nos hicieron progresar a todos.

Y con ser importante lo anterior, si se mira a la universidad en primer plano, lo que la hace mejor como universidad son sus mejores profesores. Y digo los mejores porque en esto no colaboran los peores, que los hay y suelen tirar en sentido contrario. Hay muchos modos de ser buen profesor en una universidad: se puede ser buen investigador, buen docente y buen gestor. Como en todo, se puede destacar más en una cosa que en otra. Y hay genios que son buenos en las tres: son pocos. Lo normal entre los buenos es que se dé muy bien una y las otras dos se manejen de manera razonable.

Los buenos investigadores, aunque no tengan cualidades docentes extraordinarias, suelen atraer a los mejores estudiantes a su entorno de investigación. Lo normal sería que la continuidad del profesorado altamente cualificado la aseguraran ellos. Son los maestros. Cada cual tiene su carácter, pero saben formar gente seria, con espíritu crítico y capacidad de plantearse problemas, con espíritu de frontera. Son el «alma mater» del «alma mater».

Los buenos profesores, que realizan también tareas de investigación aunque quizá no al primerísimo nivel de los anteriores, son el bizcocho en la tarta universitaria: sin ellos no habría nada que llevarse a la boca. Siembran inquietudes, ayudan a pensar y facilitan la reflexión... y el estudio de quienes se matriculan con ellos, son capaces de enseñar lo que debía venir aprendido para que nadie se atasque, hacen la vida agradable a sus estudiantes (aunque les suspendan) y sus clases no son ni un púlpito ni un mitin. Sus antiguos estudiantes les recuerdan con afecto y muchas veces son la nostalgia de la universidad que pasó por ellos.

Y los profesores que son buenos gestores, si saben qué es investigar y lo difícil que resulta animar a estudiar a los escasos pobladores de las aulas, pueden intentar ser líderes en vez de mandados. Si lo consiguen, pueden hacer de la universidad un escenario en que sea posible cultivar el estudio, la reflexión, el hablar con libertad (y fundamento), fomentar el espíritu crítico y debatir temas de interés en la sociedad. De ahí saldrá gente capaz de enseñar, de curar, de dirigir, de organizar, de defender, de crear riqueza... y eso sin necesidad de cursar másteres de estudios superiores de ignorancia, ya sean oficiales o propios.

También hacen mejor universidad los mejores estudiantes: los que saben leer, que es algo más que juntar sílabas y pronunciarlas. Los que hablan con el autor: le entienden y le preguntan y prosiguen esa conversación con alguno de sus buenos profesores (porque siempre hay al menos uno por curso). Los que cuando acuden a la tutoría plantean algo más que un sonsacar qué tipo de preguntas vas a poner en el examen o si es tipo test, o si se podrá escribir con bolígrafo rojo. Y si hay suerte, algunos de ellos se quedarán luego como profesores o gestores.

Y no es posible una buena universidad sin las gentes buenas en el personal que la administra. Quienes no piensan primero en la hora de salir, los empeñados en ayudar de modo eficaz a estudiantes y profesores en bibliotecas, laboratorios, servicios de admisión, gestión académica, mantenimiento y en todo lo que hace posible que una universidad se abra cada mañana, en punto, sin necesidad de un milagro.

Todos ellos, los mejores, sacan adelante la universidad en España: en el país y en cada centro. Y detrás de ellos, muchas veces por encima y pisoteándolos, otra multitud pasa por la universidad y consiguen que el «alma mater» ni los roce.