MÁSTERES, UNIVERSIDAD, REGALOS

CAUTIVO Y DESARMADO - PABLO ÁLVAREZ

Un familiar bastante cercano (una familiar, para ser más exacto) ha cambiado de vida en plena cuarentena. En plata: ha pensado que su carrera no le llenaba, y ha tomado otra totalmente distinta. O sea, que ha emprendido durante unos años la sucesión de grados y postgrados que ahora se exigen para cualquier cosa. Vamos, que algo sabe de estas cosas de los másteres y, de rebote, algo sé yo también.

Déjenme que les cuente: por ahí hay másteres, online y offline, extremadamente serios. Títulos sin atajos, con exámenes sentados en una silla, con un tribunal con tres señores muy serios de otra universidad que te leen y te crucifican el trabajo final de máster (TFM) a la mínima. Un TFM, por cierto, que pasa por unos filtros electrónicos que detectan hasta la última coma plagiada o medio parecida a la que un día escribió otro. Uno que hizo mi familiar en la UNIR fue de ésos.

También hay másteres presenciales, con horas de dedicación y profesores increíbles, en los que se aprende una barbaridad y que, por cosa del batiburrillo legal en el que esto está sumido, al final tienen el mismo valor legal que un curso de calceta. O casi. También hizo mi familiar uno de ésos, en una universidad pública, la de Zaragoza. Una maravilla sin titulación oficial.

Y luego están los otros. Y hay muchos. Másteres de relleno, cursos en los que toda la prueba exigida es hacer un examen online con el libro delante, grados universitarios sin carga lectiva (pero sí económica), universidades que sólo son traficantes de cartulinas grabadas. Y cada vez hay más. O quien tiene que hacer algo (hay una entidad dedicada, la ANECA) lo hace, o la universidad será una fábrica de regalos no solo para políticos, sino para quien se lo pueda pagar.

 

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