La voz que vuelve al escaño
Con 29 años ya llevaba cinco trabajando como funcionaria europea en Bruselas, especialista en comunicación. Cuando destinaron a mi pareja a una agencia europea en ... Bilbao, decidí pedir una excedencia: quería probar suerte en el sector privado vasco, aplicar todo lo aprendido en Europa. Una importante empresa familiar buscaba justo un perfil como el mío. Pasé todas las pruebas hasta quedar la primera, y en la entrevista final se unió la empresaria que dirigía el departamento donde yo iba trabajar. En un momento dado me miró sonriente y me preguntó si tenía pareja. Respondí que acababa de casarme. Fin del proceso.
Nunca supe si al segundo candidato —un hombre, de mi misma edad y menos experiencia— le hicieron la misma pregunta. Pero aquella fue una lección dolorosa. A los 29 descubrí que en la carrera profesional de las mujeres la posible maternidad sigue siendo una barrera silenciosa, una especie de pecado original que precede a la brecha salarial de tantas mujeres.
Esta semana, el Parlamento Europeo ha querido desmontar uno de esos impuestos a la maternidad con un paso (pequeño, sí, tardío), pero que supone una enorme conquista. Se ha aprobado una propuesta para permitir que las eurodiputadas embarazadas o que acaben de dar a luz puedan delegar su voto en otra persona durante tres meses antes y seis después del parto. Por primera vez, el reglamento de la Eurocámara reconoce que convertirse en madre no puede ser incompatible con ejercer plenamente un mandato ciudadano. Que ninguna representante debería tener que elegir entre su hijo y su voto. Y aunque el avance sea histórico, es todavía insuficiente. En la mayoría de los parlamentos nacionales europeos, las normas siguen ancladas en otra época. Solo España, Grecia y Luxemburgo cuentan con mecanismos formales que permiten votar en ausencia por maternidad y en la mayoría de los casos el voto en el pleno aún exige presencia física.
Durante la pandemia, muchos parlamentos experimentaron con el voto telemático o por delegación, y el mundo no se detuvo ni la democracia se coló por el sumidero del desastre. Más bien al contrario, la votación con métodos innovadores o creativos aseguraron su supervivencia. Pero una vez superada la emergencia, la mayoría regresó a la ortodoxia del escaño. Como si la conciliación fuera una extravagancia accesoria en el paritorio. Por eso, el paso de Bruselas importa más, porque llega con sabor a conquista y el recuerdo simbólico de las mujeres sufragistas. La propuesta de la presidenta Roberta Metsola —ella misma madre de cuatro hijos— no solo moderniza el reglamento del Parlamento Europeo: envía un mensaje político y cultural a todos los Estados miembros. Y lo hace en un momento geopolítico tremendamente polarizado, donde los pasos atrás en la brecha de género resuenan de nuevo por ciertos pasillos. Europa no puede aspirar a liderar la igualdad si su propia casa continúa castigando la maternidad.
Y, sin embargo, para que este cambio sea real y duradero, debe completarse: no basta con facilitar el voto a las mujeres que dan a luz, también debemos extender ese derecho a los hombres cuando se convierten en padres. Las desigualdades entre hombres y mujeres no se solventarán nunca mientras sigamos entendiendo la conciliación como un problema femenino. Se llama corresponsabilidad, y nos llega con demasiado retraso.
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