Mano o espada

CHAPU APAOLAZA

Cuando le dio la mano al príncipe Bin Salman de Arabia Saudí, quizás el hijo de Jamal Khashoggi recordara el tacto de la de su padre, el olor de su pelo al abrazarle o el sonido de su risa, nociones relativas al amor que en adelante irá olvidando paulatinamente aunque hoy jure no hacerlo nunca. Tal vez solo ocuparan su mente encendida las llamadas desde la embajada saudí en Estambul a la oficina del príncipe, la playlist de la muerte que sonaba mientras descuartizaban a su padre o la frase del sicario mayor que pedía que le trajeran "la cabeza de ese perro". Con todo eso entre las cejas, el hijo de Khashoggi tuvo que acudir a palacio a aceptar las excusas de la corona y a estrechar la mano de los responsables del asesinato de su padre. Calculo que le ofrecieron eso o la horca. La humillación y la dignidad trazan cartografías extrañas en las que no siempre todo es lo que parece. Instalado en algún punto de esa geografía cambiante y esquiva, Khashoggi elevó menos de cinco grados la barbilla, extendió el brazo, apretó la mano que cortó los dedos de su padre y miró. La mirada quedó como única forma de honor.

En ese encuentro estaban contenidos todos los dilemas morales entre los que navegamos con la costa a sotavento. Vivimos enfrentados a la elección constante entre mano y espada, entre justicia y corbeta. Dijo Pablo Iglesias que hacer política es cabalgar contradicciones. Yo creo que es una carrera del Gran National. Me recuerdo aún de niño hipnotizado por aquella batalla desquiciada en la que los caballos abrían los setos con los pechos y el suelo de la pista se llenaba de animales y de hombres minúsculos rodando por el suelo de hierba vestidos con ropas de seda brillante y colorida como canicas humanas.

He escuchado que Pablo Iglesias, que tiene un problema para cada solución, pretende dejar de vender armas a Arabia Saudi y proteger los 5.000 puestos de trabajo de los astilleros de Cádiz y San Fernando forzando al Estado a comprar el material de guerra él mismo. Será por dinero. Podemos proponiendo la compra de armas es uno de los arabescos que nos tenía preparada la actualidad para esta semana en la que el verano lucha a brazo partido por hacerse eterno. Si España se hace finalmente con las corbetas, reclamo mi derecho ciudadano a tomar una de ellas, entrar a cuarenta nudos por la bocana del muelle de Barbate, y romper sobre el puente una litrona de cerveza en honor de Paco, botero barbateño que antes de morirse vestía barba blanca y jeans de campana, que cuando había mar andaba por las cubiertas con un vaso de tubo en la mano y un cierto aire a la pantera rosa. Paco cuidaba los barcos elegantes de la gente con manteca que atracaban en la zona y por las noches, descuidaba discretamente las llaves de los yates para que echaran una cabezadita los periodistas que no tenían dónde dormir y para que el mar meciera las noches furtivas de los amantes sin cama. Ojalá Paco de capitán de corbeta y, de oficiales, Tomás el del Manteca y Fonsi Domecq, que por supuesto llenará las bodegas de manzanilla fría. Yo a sus órdenes. Aunque sea en la imaginación, el mundo sigue siendo un lugar complejo y bello a su manera. Pero lecciones, las justas.

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