Quién manda en Rioja

«Es hora de apostar por el valor y el prestigio, ya que seguir creciendo indefinidamente nos obliga a bajar los precios de nuestro producto y, por lo tanto, a elaborar vinos de menos coste pero también de peor calidad»

Por el bien de Rioja», «gracias a la madurez del sector», «amplio consenso»... Son algunas de las expresiones que más se han utilizado en los dos años que llevo como vocal del Consejo Regulador. En este tiempo he comprobado, sin embargo, que la mayoría de los supuestos consensos citados son imposiciones negociadas de antemano en los despachos por las tres organizaciones mayoritarias que suman los 150 votos necesarios para tomar las decisiones.

Bodegas Familiares de Rioja apoyó la elección de Fernando Salamero como presidente del Consejo Regulador en representación de Grupo Rioja y lo hizo convencido de que eran necesarios cambios significativos en el devenir de la denominación de origen, pero, después de dos años, no hemos encontrado la participación ni el protagonismo que se nos prometió cuando se nos pidió el voto.

Rioja no para de crecer en superficie, en nuevas plantaciones desde finales de los años noventa. No sería justo obviar la gran labor que muchas de estas bodegas han hecho desde los años 70 para dar a conocer Rioja por todo el mundo, hasta el punto de triplicar las ventas de vino con denominación. Pero esta estrategia, de éxito y digna de admiración, se ha agotado. Es hora de apostar por el valor y el prestigio, ya que seguir creciendo indefinidamente nos obliga a bajar los precios de nuestro producto y, por lo tanto, a elaborar vinos de menos coste pero también de peor calidad. No lo digo yo, sino los diferentes informes con los que el propio Consejo Regulador trabaja: la imagen de Rioja está cayendo en la gran mayoría de los mercados del mundo.

De qué nos sirve que en los últimos veinte años las ventas hayan pasado de 180 millones de litros a 285 millones, si los precios de uva -a excepción de la campaña del 2017- siguen a niveles de los años 90. Ha tenido que llegar una importante helada para que los precios suban al entorno del 1.15/1.30 euros por kilo, y pasado el ecuador del 2018, las ventas están bajando el 7/8% en volumen, aunque en parte ya este mismo año se está compensando en valor con la subida del precio medio. Es decir, el supuesto cataclismo anunciado tras la helada para exigir moderación de precios no lo es tanto. Por supuesto, hemos dejado de vender los vinos más baratos en los lineales, pero es hora de preguntarse si Rioja tiene que estar compitiendo en esos niveles de precio o si no sería mejor arriesgarse a perder ese nicho de mercado, aun con un lógico ajuste que entiendo no sería dramático durante un tiempo, para asegurar una imagen de calidad de marca que no hipoteque a próximas generaciones.

Tenemos muy cerca el ejemplo de Cava, donde las principales grandes e históricas empresas, hoy controladas por fondos de inversión internacionales, apostaron por uva barata y por crecer a costa de su identidad territorial, hasta que llegaron otros grandes operadores capaces de producir todavía más barato hasta el punto de hundir el prestigio y una denominación de origen también histórica.

Rioja ha cambiado mucho en este nuevo siglo y grandes empresas con intereses en muchas regiones vinícolas, y en diversos productos, forman parte de nuestra denominación. La realidad es que las empresas que toman hoy en día las decisiones en nuestra denominación de origen, salvo contadas excepciones, lo hacen únicamente sobre una parte de su negocio y, en muchos casos, con domicilios fiscales fuera de la región vitícola.

A las Bodegas Familiares de Rioja no nos molestan los precios a un euro el kilo de uva. Es más, vendemos mejor que a sesenta o setenta céntimos, pero hay intereses para que sigamos viendo en los lineales vinos por debajo de los costes de producción. Las Bodegas Familiares no queremos ser el 'low cost' del vino en el mundo, pero, con esta estrategia estamos abocados a que el futuro de la región lo decidan grandes grupos con intereses, aunque legítimos por supuesto, en muchos casos de fuera de Rioja. Podemos seguir autoengañándonos y compensar los bajos precios de la uva y el vino con cada vez más altos rendimientos del viñedo y con mejores técnicas enológicas, pero esa estrategia no es más que eso: un engaño.

En estos dos últimos años, las pequeñas y medianas bodegas hemos apostado por la diferenciación de viñedos singulares y de municipio que, aunque con claras limitaciones legislativas, suponen un giro histórico con el que, por primera vez, Rioja mira hacia el origen... hacia el viñedo. Hemos impulsado el 'stock cualitativo' y, aunque nos hubiera gustado la destilación obligatoria de la producción en caso de no ampararse, consideramos que puede ser una herramienta muy interesante para la mejora de vinos y más honesta con la realidad del cambio climático. Cuestionamos abiertamente determinadas políticas, millonarias, de promoción para fomentar la venta de Rioja en lineales o de bajo coste y, entre otras cosas, nos hemos enfrentado abiertamente a la Federación Española del Vino por los incongruentes pagos obligatorios a la Organización Interprofesional del Vino de España (OIVE). Y seguiremos... porque entendemos que Rioja, por encima de todo, pertenece a las empresas y viticultores de la región: somos quienes creamos empleo y, con nuestras familias, quienes damos vida a nuestros pueblos.

 

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