La mala, muy mala

La acusación de abusos a la actriz Asia Argento no tiene por qué ocultar lo que quiere poner de relieve el movimiento #MeToo: todavía hay muchos abusos inconfesados a mujeres

ELENA MARTÍNEZ DE MADINA SALAZAR. - FILÓLOGA

Ya nos han agitado la última parte del verano. No sé si para que empecemos el cercano otoño con más ganas o para que tiremos la toalla. Los titulares difundidos por aquí y por allá acerca del movimiento #MeToo no dejan lugar a dudas: una de sus líderes, Asia Argento, hizo un trato con su propio acusador, tal y como publicaba el 19 de agosto la rotativa de 'The New York Times'. A partir de ahí, se han ido publicando desde traducciones curiosas del inglés al castellano de otros tantos titulares, como comentarios de lo más sorprendentes acerca de las mujeres, y de su 'quejosa' actitud.

Tendremos que recordar que el eslogan #MeToo (YoTambién), tal y como he señalado en otras ocasiones, no nace de las actrices, directoras de cine o personas relacionadas exclusivamente con el séptimo arte. Fue Tarana Burke quien acuñó el término en 2006, que para los que vivimos en estos lares podría significar lo mismo que decir 'Pepita García', o sea, ni idea. La señora Burke, negra y nacida en el Bronx neoyorquino, es una notable activista del movimiento por los Derechos Civiles, a su vez movimiento impulsado en la década de los años cincuenta del siglo XX en Estados Unidos. Esto ya se nos hace más conocido, sin duda, por la relevancia de personas como Rosa Parks o Martin Luther King.

Tal y como ella ha explicado en diferentes entrevistas, el 'MeToo' lo crea después de oír la confesión, no sin gran esfuerzo, de una niña negra de 13 años sobre los abusos sexuales a los que fue sometida por el novio de su madre. Tarana Burke piensa entonces que, a ella, también sufridora de abusos sexuales, le hubiera gustado oír en su día una respuesta como «yo también» o «no estás sola». Ésta es, en resumen, la génesis de todo este movimiento. Sin duda, un apoyo a todas las víctimas de abuso sexual, así como una ayuda en la ardua tarea de despojarse de su vergüenza (de la que sufren las víctimas), ante la invulnerabilidad de las personas abusadoras. Hoy día esta activista es la directora senior del GGE (Girls for Gender Equity) y sigue trabajando por la tolerancia cero en el ámbito de la violencia sexual, tanto de mujeres como de hombres.

En 2017 la actriz Alyssa Milano impulsa el hashtag 'MeToo' y se encienden las redes. A partir de ahí, ya saben ustedes: muchas mujeres relevantes en el mundo del cine, principalmente, empiezan a denunciar, en este festival y en el otro, que ellas también han sufrido abuso sexual. Estos actos suponen un empuje para perder el miedo a delatar y, qué duda cabe, no es lo mismo que denuncie una persona en su pueblo o que alguien lo haga público en la entrega de los Óscar, pongamos por caso. Pero indudablemente, aunque muchos han sido los beneficios, como perder el miedo a denunciar, también los perjuicios, como el que ante nos encontramos.

Resulta que Asia Argento, la actriz que fue aplaudida y admirada en el Festival de Cannes por su pública denuncia de abusos, es hoy denostada. Se le acusa de ser ella una abusadora. Mal asunto. Y no lo digo por ella. Que apechugue con lo que le toca, por supuesto. No seré yo quien le defienda sólo por ser mujer. Ni hablar. Pero el problema es que ahora parece, según los titulares de la prensa, que es «una líder del movimiento». Es como si ahora que ha sido pillada en un renuncio, o al menos así se cuenta, a pesar de que la información no es muy clara, la convertimos en líder indiscutible y, en consecuencia, todo lo avanzado en el tema de abusos, el movimiento en sí y el trabajo de miles de personas anónimas, se cae con ella.

No podemos perder el Norte. Diariamente se cometen abusos (sexuales o de otro tipo) en toda el área terrestre, esto es indiscutible. Díganme, si no, cómo digerir los informativos: miles de abusos sexuales a niños infligidos, y tapados, por la Iglesia; abusos sexuales legales contra las niñas/mujeres en numerosos países; mujeres muertas a manos de sus (ex) compañeros sentimentales; cientos de negros, sí, negros, machacados por doquier, abandonados en el mar; niñas secuestradas y explotadas; trata de seres humanos, etc. Y para combatir todas estas injusticias, decenas de movimientos civiles en defensa y apoyo a otras tantas personas. Movimientos que nacen de gente anónima y que trabajan por y para gente sin nombre. Pero, ¡ay!, este movimiento del #MeToo no parece estar tan claro. Mujeres 'bien', con un 'cierto' poder denunciando no sé qué. Y ahora, encima, una de ellas, la Argento, la nueva madrastra de Blancanieves, también es mala.

Y aquí empieza la descalificación, una vez más, de este movimiento, olvidando la propia esencia del mismo. Pues nada, que interesa no creer en él y así seguimos todos como estábamos. Pues no. No lo podemos permitir. Nadie defiende, en su sano juicio, y a modo de ejemplo, que todas las mujeres son 'buenas', como nadie defiende que todos los negros que luchaban contra la esclavitud fueran 'buenos', o que 'los pobres', por el hecho de serlo, también lo sean. Sin embargo, en este caso como en otros muchos, es más fácil mantener el confortable 'statu quo'. Si analizamos los conflictos de nuestro entorno, parece que siempre llegamos a un abuso de poder. Unos más evidentes que otros. Y éste, precisamente, es uno de los asuntos, no el único, que se pretende poner de relieve en este movimiento: que hay muchos abusos inconfesados cometidos a todas las mujeres y que están relacionados con la falta de poder de éstas. Pero nada, que nos han vuelto a chafar. Que sale la supuesta mala de la película, y todas a casa, y calladas. Bueno, yo desde luego, no me voy. ¡Me quedo en la calle!

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos