EL LOGROÑO QUE HUELE A PIS

«Un Logroño aromático que se puede comprobar paseando por aquí y por allá»

Javier Campos
JAVIER CAMPOSLogroño

Ya lo dejó escrito Alberti sobre Roma en 'Se prohíbe hacer aguas': «Verás entre meadas y meadas, más meadas de todas las larguras...». Algo que bien podría aplicarse a Logroño, aunque con menos poesía. Daría para un reportaje en medio de reportajes. De hecho, es así como este humilde plumilla ha caído en la cuenta. Hay un Logroño que huele a pis... y no precisamente de perro ni de mascota alguna. Son meadas de seres humanos... aunque hay quien piensa que son de cerdos.

Un Logroño aromático que se puede comprobar paseando por aquí y por allá, si bien el centro es el que mayor fragancia aporta -mejor dicho, soporta-. Un día cualquiera, primera hora de la mañana. Redactor y fotógrafo han quedado en la esquina de Rodríguez Paterna con la calle Baños -mera coincidencia- para ver el estado del número 18. Una vuelta alrededor, unas instantáneas y... primer aviso para el olfato. Manos a la nariz. Churretes y regueros en suelo y paredes por una Villanueva que sigue lanzando su SOS.

Otra jornada más, con el sol del mediodía. Redactor y fotógrafo, los mismos, acuden a San Gregorio 2 a visitar el centro social 'okupado' La Puerta Gótika. Accedemos por la calle Sagasta, bajamos por las escaleras, a un lado del puente de Hierro, y... ¡sorpresa! El rastro de una gran meada, tal vez dos, lo inunda todo. Recientes, recientes. De mañana y entre semana. Un tercer día, sin hora determinada. El redactor, que no el fotógrafo, recibe un 'whatsapp' de un vecino de Beti Jai con... ¿lo adivinan? Orines. Todo un golpe de micción que dibuja un cuadro abstracto en mitad de las peatonales. Me voy al Ayuntamiento, paso por la Glorieta junto a la fachada este del viejo Sagasta, y el mismo olor a fétido. «Érase un hombre a una nariz pegado», que diría Quevedo.