Y lo llevaba en la mochila

FÉLIX CARIÑANOS

Estaba esta semana tan tranquilo en mi mansión calentada con leña de olivo cuando me entró la ventolera de volver a pisar tierras lejanas. ¿A cuál me dirigiré?, me interrogué a mí mismo. Dividí medio folio en seis partes y escribí en cada una un nombre de localidad que incluyera una zeta en su denominación: Alcalá de los Gazules, Bélmez, Madriz, Lérez, Cádiz y Barzelona. Luego doblé los trozos, ahuequé la mano derecha y di un golpe al montoncito según hacían las chicas cuando yo iba a la escuela y salió Zaragoza. No me pregunten ustedes por qué; ¿es que no les han ocurrido a ustedes muchas veces en la vida cosas que carecen de la más mínima explicación? Pues eso, que cogí el autobús y marché Ebro abajo.

Gozaban los zaragozanos -junto con los forasteros- de un día espléndido, por lo cual habité serenamente durante un buen rato en una de las terrazas de la Plaza de España acompañado de una tónica sin hielo. Ahí me enteré, al haber adquirido el Heraldo de Aragón, que ha aparecido un legajo cuya documentación presta luz sobre varios bocetos de obras de Goya que existieron en la cartuja de Aula Dei hasta la desamortización de 1835. Precisamente hace unos días hablaba un servidor con un amigo rapero y le comentaba lo cautivador que sería grabar un cedé con textos referidos a la desaparición decimonónica de obras artísticas extraordinarias por su categoría, autoría o monumentalidad de los edificios que las albergaban. Mientras me dejaba arrullar por pensamientos tan nobles, escuchaba el concierto que algunos turismos, autobuses y tranvías dirigían a los conductores de patinetes eléctricos.

A la mañana siguiente paseé el Tubo, atiborrado de carteles gastronómicos, entre los cuales emerge de vez en cuando algún apunte histórico, así el del Salón Plácido Domingo, que hace referencia a que la familia del célebre tenor montó en este solar un restaurante ya en el siglo XIX (a un lado de la puerta un rótulo anuncia: «Se necesitan clientes. No hace falta experiencia»). Hoy el Heraldo de Aragón dedica un reportaje de dos páginas al pueblo viejo de Belchite. Al citar la bombardeada iglesia de San Martín, alude a los versos de Natalio Baquero; supongo que serán los de aquella copla que una vez leí en la puerta del citado templo -otra entre tantas barbaridades españolas- y les cité de memoria en uno de estos artículos: «Calle Mayor de Belchite, / ya no te rondan chavales; / ya no se oyen las jotas / que cantaban nuestro padres». Tenía esta un antecedente en esa cuarteta rondadora de la Jaca pirenaica: «La calle Mayor de Jaca / ya no la rondan chavales, / que la rondan buenos mozos / con trabucos y puñales».

Ya estoy otra vez en casa. En el buzón me aguarda la revista «Peregrino». En su editorial informa de que, «a expensas de los datos estadísticos de diciembre que en enero ofrecerá la Oficina del Peregrino en la catedral de Santiago», las cifras sobre la presencia de la mujer -50,2%- en los Caminos Jacobeos superan a las de los hombres -49,8%- por vez primera. Casi nada lo del ojo, y lo llevaba en la mochila.

 

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