LEYENDA NEGRA

MARCELINO IZQUIERDO

Acaba de celebrarse en San Lorenzo de El Escorial la I Jornada sobre la Leyenda Negra, en la que varios expertos han tratado de «desarmar de una vez por todas la maniquea y falsa visión sobre España y los españoles» que desde el siglo XVI lleva urdiéndose fuera de nuestro país. Entre los ponentes, se hallaban María Elvira Roca Barea, autora de 'Imperiofobia'; Jorge Bustos, autor de 'Vidas Cipotudas. Momentos estelares del empecinamiento español'; o el diputado de C's, Guillermo Díaz, quien defendió la importancia «de un modelo educativo que no manipule ni falsee lo que debiera de ser común para todos, sin mentiras ni falsas verdades».

Definía el catedrático Manuel Fernández Álvarez como Leyenda Negra la «cuidadosa distorsión de la historia de un pueblo, realizada por sus enemigos, para mejor combatirlo. Y una distorsión lo más monstruosa posible, a fin de lograr la descalificación moral de ese pueblo, cuya supremacía hay que combatir por todos los medios». Cierto es que cuando España era aquel boyante imperio donde nunca se ponía el sol, ingleses, franceses u holandeses jugaron sus cartas, sobre todo diplomáticas, para desacreditar todo lo que sonara a hispano. Cierto es también que, a lo largo de estos cinco siglos, el soniquete recurrente de la hispanofobia ha sido amplificado por cualquier rival, por pequeño que fuera.

Pero escudarse en la Leyenda Negra para edulcorar, como hizo el franquismo, la Historia de España y borrar de un plumazo lo políticamente incorrecto es como hacerse trampas al solitario. Si por héroes tenemos a Agustina de Aragón o a Blas de Lezo, no podemos olvidarnos de otros personajes tan determinantes en nuestro carácter como el Empecinado, los Comuneros o Mariana Pineda. De nuevo las dos Españas.

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