Quien no inventa no vive
Debajo de las aguas que anegaron el Mansilla de la Sierra primero existe de veras ese lugar privilegiado que tantas veces evocó doña Ana María
Julio Arnaiz
Sábado, 8 de noviembre 2025, 21:40
Existe un lugar, existe un sitio, un paraje, acaso sea una invención de la fantasía, pero que existe, ¡ya lo creo que existe! Aunque no ... se vea a simple vista, estar está sin duda. Y, si se quiere ver, desde luego que se ve, y de una manera clara y nítida.
Doña Ana María Matute bien lo sabe y, cuando le dieron el Premio Cervantes en 2010 confesó, entre asustada y asombrada con su carita infantil y su vocecita de pícara inocente: «Y, por favor, si en algún momento tropiezan con alguna historia de las que pueblan mis libros o con alguna de mis criaturas, créanselas, me las he inventado». Debajo de las aguas que anegaron el Mansilla de la Sierra primero existe de veras ese lugar privilegiado que tantas veces evocó doña Ana María; a simple vista no se ve, y cuando lo cubre el agua del deshielo permanece como dormido a la espera de su rescate a la luz y a la vida, pero que existe, ¡ya lo creo que existe! Y allí sigue en ese espacio único cuya imaginación nos hace soñar en su existencia verdadera. Y es mejor así para que no se contamine con el olvido al que quisieron condenar antaño al patio de las correrías de chiquilla de la genial escritora que aquí halló esa vida de ensueño a la que todo niño tiene derecho. Ella, que precisamente conoció esos contrastes tan violentos entre las clases diversas aquí, jamás quiso ni pudo olvidar ni abandonar los lugares primeros que la forjaron, primero como una mujer fortísima pese a su gran sensibilidad, después como narradora de las esencias del alma, a cuya nostalgia dolorosa acudía a cada paso para poder seguir viviendo.
Y aquí sigue su sitio, su lugar, su universo escondido bajo ese bosque, bajo ese río, 'El río', que tanto inspiró toda su obra literaria: ese paso por la vida y por ese lugar de donde nunca se vuelve, salvo con la fantasía, el deseo y unas ganas enormes de vivir, pese a tanta fatalidad. Y que ella supo transformar en amor inagotable hacia los demás, sobre todo hacia esos niños que vio descalzos, hambrientos y llenos de harapos en sus cuentos, y que sólo ella supo comprender cabalmente la grandeza de sus pensamientos, así como aquella impronta que supo describir con una precisión milimétrica. Esa infancia retratada con los colores más sublimes, a la par que dotados de una crudelísima realidad. Tal cual es la vida misma en su dimensión precisa.
La literatura fue su tabla de salvación, su torre vigía, por eso no naufragó nunca, pese a sus tormentos, que fueron muchísimos. Ella es la maga, el hada madrina, un tanto así duende, en palabras de don Antonio Rodríguez Almodóvar, su gran amigo y académico como ella que durante estos días de noviembre ha querido glosar a su amiga escritora de cuentos increíbles. Y, de pronto, va y aparece.
Ana María ha estado más presente que nunca, aunque se haya ido al lugar ese de donde nunca se vuelve. Y ya lo creo que ha vuelto de la mano de profesores enormes que han hecho disfrutar a los riojanos de la magia que preside la obra de una mujer irrepetible que nunca quiso abandonar los doce años, y a la que regresaba a menudo para gozar de esa felicidad que la realidad le negaba no pocas veces.
La literatura fue su tabla de salvación, su torre vigía, por eso no naufragó nunca, pese a sus tormentos, que fueron muchísimos
Vean si no qué nómina ha pasado por estas Jornadas de Ana María Matute: Rebeca Lázaro, Carlos Mata, María Pilar Couto, Nieves Gómez, Alberto Gutiérrez, Simón Valcárcel, Mon Mas, María Paz Ortuño, Gustavo Martín Garzo, el ya nombrado Antonio Rodríguez Almodóvar, Raquel Marín (diseñadora de una preciosa edición de 'El río'), Gobierno de La Rioja, Fundación San Millán de la Cogolla, Ministerio de Cultura y su Dirección General del Libro, el IER, la Universidad de La Rioja, Zarándula, Biblioteca Rafael Azcona, Biblioteca de La Rioja, Ayuntamiento de Mansilla de la Sierra.
Hay un espacio único, esa fascinación por el bosque mansillano, una palabra mágica que nos rescata, según nuestra genial escritora. Regreso a la infancia, a su patria única, a su refugio de cristal, a su puerta de la luna, a sus robles y a sus hayas, princesas, a su zona de confort, en fin, a su espacio inviolable.
Por ese sitio o lugar, por esa palabra que nos salva, lo más importante que tenemos los seres humanos, como diría Ana María.
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