Tribuna
Incendios
Ahora, mientras contamos las hectáreas que se van quemando, construimos un relato de lo que está pasando y en tiempo real para disfrute televisivo de lo inútiles que somos
Julio Arnaiz
Asociación para el desarrollo de la Serranía Celtibérica
Se están perdiendo las costumbres. Antes, los incendios, se apagaban solos; quiero decir, los que había o bien no eran tan agresivos como ahora, o ... no evolucionaban a todo trapo, es decir, no tenían ni vida ni personalidad propias.
Ahora están descontrolados, o se muestran activos, y así no hay quien viva. Antes, nadie sabía cómo apagar un fuego, bien porque apenas había, bien porque, de manera prevista, controlada y con los debidos cortafuegos, se quemaban aquellas zonas de los montes para conseguir más pastos para el ganado, pistas forestales o lo que fuera, según necesidades de la zona.
Esto se hacía en invierno. Y las gentes del lugar, con medios manuales básicos, hacían su función de manera natural y, al fuego, ni agua. No como ahora, que debido a la dejación y abandono que sufren los parajes más bellos de bosques y lugares, es combustible fácil y rápido para arruinar en un descuido la memoria visual más querida.
Cuando niños todos recordamos cuando se declaraba un fuego: volteo de campanas, toque de vereda para limpiar caminos y desbroce de cunetas y alrededores del pueblo. Entonces, en ese repiqueteo alegre, como si fuera una fiesta, las gentes acudían dejándose sus labores propias a colaborar en lo de todos, en el procomún. No como ahora, que mientras contamos las hectáreas que se van quemando, construimos un relato de lo que está pasando y en tiempo real para disfrute televisivo de lo inútiles que somos: eso sí, tenemos cargos, carguitos y cargazos de toda suerte y condición adornados con nombres altisonantes y larguísimos que no sabemos a qué se dedican. Ni si tienen alguna noción ni competencia en la materia de la que hablan por los codos y, tal vez, sean los más tontos del lugar. Y a lo más que aspiran es a esperar a que se apague el fuego por sí mismo o por el paso del tiempo para poder decir, entre ufanos, agradecidos y satisfechos: el incendio nos ha concedido un respiro, una tregua (pues ya no había más terreno quemable).
Desde luego, volverán a decirnos que la culpa la tiene el gobierno, eso sí, de signo contrario, el cambio climático, o el último o primero que pasaba por allí. Nadie asume responsabilidades, cuando es de todos. Los unos porque se esconden en sus miserias políticas; los otros porque miran para otro lado, mientras la desidia hace su labor: arruinar el medio ambiente, que es de todos.
¿Cuándo será el último incendio? Suelen todos los ayuntamientos dictar bandos instando a los propietarios de solares y fincas junto al casco urbano a que los mantengan limpios en evitación de incendios, pues eso mismo habrá que exigir a los titulares de esos montes y lugares que arden todos los años descontrolados, activos. Ya me gustaría tener una varita mágica para, de una tacada, arreglar el asunto tan espinoso del que hablamos todos los veranos, mientras nos hacemos los nuevos, nos asombramos y concedemos y otorgamos al fuego propiedades exclusivas nuestras, pues si están activos, descontrolados, inextinguibles, toda la culpa es nuestra.
Y no echemos balones fuera: los pueblos, todos los pueblos, son hoy lo que son y fueron porque vecinos sin tantos medios, sin tantos gastos ni protocolos se confabularon contra el fuego asumiendo cada uno sus obligaciones y compromisos para el conjunto del que formaban parte y llegaron hasta aquí con las labores propias hechas. Todo ello bien mediante veredas, labores comunitarias, bien mediante ese carácter social tan de moda en estos tiempos, donde ponemos por encima una solidaridad a veces inventada y falsaria pretendiendo tapar o negar un compromiso no escrito de dejar lo que es de todos en el mejor estado posible. Cuando mañana no haya más bosques, ni más parajes, ni más pueblos donde el fuego hacer de las suyas, ¿qué haremos entonces, sacar esas fotos y reportajes de cómo era ese lugar mientras nos engañamos por haberlo dejado irse sin pena ni gloria?
Produce vergüenza ajena, acaso sea ignorancia, pretender apagar incendios tan descomunales con cestitas de agua arrojadas desde el aire a ver si tenemos suerte y da en la diana alguna vez con esos aparatos tan costosos y medios aéreos insuficientes según parece para combatir con eficacia. Eso sí, todo ello retransmitido en directo para mayor desgracia nuestra. Y mientras arde España, nos deleitamos contemplando su cadáver que paseamos por todas partes como si fuera un trofeo del que enorgullecernos.