Internet sin anónimos

No pocas de estas voces dejan atrás las normas básicas de respeto y convivencia hacia los demás

Aprovecho que estamos en días de regalos para escribir en mi lista de deseos uno que mejoraría la convivencia democrática y aumentaría nuestra capacidad de debatir sobre el bien común. Pido que en Internet no estén permitidos los navegantes anónimos. En el fondo, los internautas no están protegidos por el anonimato, porque la huella digital de cada uno, salvo excepciones, es cada vez más rastreable si se tienen los medios para hacerlo. Pero los participantes en el ciberespacio que adoptan otras identidades o suprimen la suya lo hacen por distintas razones. Algunas son loables, por ejemplo, conseguir que se escuchen sus voces en sitios en los que son perseguidos y atacados por pensar de un modo diferente. En otras ocasiones, sin embargo, el anonimato en la red es utilizado para lanzar ciberataques que ponen en peligro la seguridad global. También a escala individual esta práctica de actuar sin dar la cara con frecuencia saca lo peor del ser humano: insultos, mentiras, amenazas, campañas de odio y difamación. Protegidas por la comodidad y la artificiosidad de actuar a través de una pantalla, no pocas de estas voces anónimas dejan atrás las normas básicas de respeto hacia los demás. En el nombre de la libertad de expresión se debe estimular un debate de ideas que sea vigoroso y permita la experimentación. Pero nada justifica la diferencia de criterios dentro y fuera de internet para garantizar al mismo tiempo bienes como el honor, la reputación o la fama. Nuestras palabras tienen consecuencias jurídicas, las digamos o escribamos en un entorno u otro. Las plataformas y redes sociales se han acostumbrado a escudarse detrás de una versión muy superficial de la libertad de expresión para no hacer su trabajo de velar por la protección de los derechos de los usuarios y de estimular un debate digital respetuoso y creativo. Los gobiernos occidentales, por su parte, no han sido capaces de elaborar una regulación inteligente y multi-jurisdiccional. En parte se debe a la resistencia de las grandes empresas de internet a aceptar reglas del juego y, en parte, a la creencia equivocada de que se dañaría la innovación en la red, cuando por el contrario se haría más seguro e interesante este entorno.

Hay otro problema estructural, que a veces no se relaciona con el debate sobre el anonimato en las redes: los algoritmos que filtran lo que cada usuario encuentra en las principales plataformas favorecen que la información buscada confirme los puntos de vista ya expresados por el usuario. De este modo, el choque con aquello que desafía o contradice nuestras convicciones es cada vez más sonoro. Los mensajes simplistas y agresivos predominan y funcionan como las murallas de nuestros pequeños reinos en la red. La revolución digital en curso ofrece grandes oportunidades, siempre que no se convierta en un territorio exento de los debates centrales sobre justicia y democracia.