A pesar de que han transcurrido más de cinco décadas, aún recuerdo el Bilbao de finales de los 60 y comienzos de los 70. Aquel ... Bilbao brumoso, gris, abigarrado y tétrico recorrido por trolebuses de dos pisos conectados a un tendido eléctrico del que, de tanto en tanto, saltaban chispas. Una ciudad a la que todavía no habían llegado las franquicias, ni los turistas, ni las ínfulas cosmopolitas y que presumía de su condición industrial y la efervescencia económica que se respiraba en sus calles, comercios y, cómo no, bares atestados de chiquiteros. Si regreso a aquel tiempo y lugar, no es para hacer un ejercicio de nostalgia o de memoria, sino para señalar que en ese Bilbao de mi infancia existía una clase de trabajadores –no me atrevo a calificarlo de gremio– compuesta íntegramente por adolescentes o varones muy jóvenes cuyo único cometido consistía en trasladar mercancías y comestibles de un lado para otro ayudados por una bicicleta o carretilla de mano. El trajín de estos «recadistas» o «recaderos» comenzaba a la hora en que abrían comercios y ultramarinos e iba en aumento a lo largo de toda la mañana hasta llegar al mediodía. Ésa era la hora punta, el momento de máxima actividad, porque, para entonces, la mayoría de las amas de casa que utilizaban o podían permitirse sus servicios debían tener a su disposición el género, los ingredientes que habían elegido para elaborar la principal comida del día. Ni que decir tiene que buena parte de las entregas se hacían a domicilio y las propinas, espléndidas o no, constituían un aliciente y un complemento insustituible de su magro salario.
El medio siglo transcurrido no parece haber introducido muchos cambios en ese estado de cosas o, para que nos entendamos, en el servilismo que subyace al mismo. Tanta revolución tecnológica, tanta transformación digital, tanto cambio de paradigma, tanta zarandaja y, al final, en lo que realmente importa, seguimos anclados en la misma relación de clases. Es cierto que los recadistas de antaño han sido reemplazados por los repartidores, perdón, riders de hoy y las tiendas de comestibles por plataformas digitales internacionales con decenas de sedes y miles de empleados, pero la actualización del formato, su puesta al día, no ha alterado la estructura, la profunda asimetría que presidía y sigue presidiendo este modelo. El futuro que un día nos prometieron es como el pasado o es el pasado. Las desigualdades sociales siguen presentes, a la vista de todo el mundo, con la diferencia de que, en la actualidad, nos hemos vuelto insensibles o ciegos a las injusticias socioeconómicas o hemos perdido la capacidad de solidarizarnos con quienes las sufren, con los mensajeros, conductores, dependientes, auxiliares, camareros, telefonistas, limpiadores, cajeros o cuidadores que nos sirven o de quienes nos servimos y, cuyos sueldos, muchas veces, apenas superan el salario mínimo interprofesional. Igual va siendo hora de hacer mudanza.
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