Inclusiones

No es un mal comienzo el que las mujeres se rebelen contra el hecho de ser todos sin que todos seamos a la vez todas

FELIPE BENÍTEZ REYES

Hay un factor ridículo en el uso de «todos y todas», de «compañeros y compañeras»; hay algo risible en el uso del femenino para ambos géneros, pero también lo hay en el hecho de que se reúnan cinco mujeres y un hombre y la corrección gramatical exija que digamos «Ya están todos». ¿Cómo se soluciona este conflicto lingüístico que excede los límites de lo lingüístico? Si se tratase de un mero problema lingüístico, la solución sería meramente lingüística, pero las soluciones lingüísticas basadas en la duplicidad (el «todos y todas», etc.) ya hemos visto que resultan no sólo un tanto chirriantes, sino también inoperantes, pues se limitan a solucionar de manera retórica un problema -irresuelto- de índole sociológica, de modo que nos quedamos en las mismas, aunque con más palabras por medio.

Comoquiera que todos estos debates tienden al pintoresquismo (como por ejemplo la propuesta de un grupo anarquista de sustituir la terminación de género por una arroba o por una equis, lo que tal vez propiciaría algún que otro problema fonético), incluso podríamos seguir un criterio similar al que los concejales de tráfico aplican a esas calles en que se aparca en una acera o en otra en quincenas alternas, de modo que durante un par de semanas todos fuésemos todas y durante la quincena siguiente todas fuésemos todos, pero lo que menos interesa es llevar el asunto al terreno de la broma, ya que su fondo tiene muy poco de broma: la relegación histórica de la mujer.

El Gobierno de nuestra nación de naciones ha puesto en un brete a la Real Academia de la Lengua al encargarle un informe sobre la posibilidad de aplicar un lenguaje inclusivo al texto de la Constitución. De entrada, no sé, esas modificaciones resultarían sencillas, empezando por el texto de su preámbulo, en el que se proclama la intención de «proteger a todos los españoles». Con que protegiese a toda la ciudadanía sería más que suficiente, aunque es posible que el presidente Sánchez prefiriese la opción de que protegiese a todos los españoles y a todas las españolas, pero si tenemos la suerte de contar con una palabra genérica que abarque a ambos géneros, tal vez mejor para todos y para todas.

El lenguaje es espontáneamente evolutivo, y de ahí tal vez el que las propuestas de cambio con afanes impositivos nos resulten artificiosas, lo que no quiere decir que lo sean, o no del todo. El patriarcado tiene muchos siglos de experiencia. La corrección de ese desequilibrio no va a solucionarse mediante fórmulas de lenguaje no sexista, ya que las injusticias y sinrazones de fondo afectan a ámbitos más concretos, como por ejemplo el laboral. Pero no es un mal comienzo el que las mujeres se rebelen contra el hecho de ser todos sin que todos seamos a la vez todas. Y algo habrá que inventar.

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