Es la hora de formarse

«Una parte importante de la docencia debe servir para 'amueblar la cabeza', para hacer a nuestros alumnos mejores a la hora de pensar, de tener iniciativa, de hacerse preguntas, de cuestionar lo que se da por supuesto..., y de desarrollar valores»

Oímos continuamente que hay que formarse, que hay que aprender: primero en el colegio, luego en la universidad o en la formación profesional, ya mayores tenemos la formación continua... Y es verdad; somos personas más completas si estamos más y mejor formados. Es cierto que, en ocasiones, personas sencillas, con escasa formación, nos dan magníficas lecciones de sabiduría, sin embargo, es razonable pensar que una mejor y más completa educación nos enriquece como personas.

Pero hay otro aspecto en el que, como economista, me quiero centrar aquí: la necesidad de la formación para la competitividad a los diferentes niveles. Podemos observar cómo se han ido ampliando los abanicos salariales en nuestra economía: aumentan las diferencias entre los mayores y menores sueldos; y la formación es un buen camino para aspirar a las franjas superiores. Con frecuencia me ha tocado charlar con jóvenes que piensan en su acceso a la universidad, y siempre les he insistido en la importancia de formarse bien: hace cincuenta años, les comento, un joven poco cualificado podía encontrar un buen trabajo y llevar una vida digna, pero esto, en nuestro entorno, es cada vez más difícil, pues muchos de esos trabajos se han hecho precarios, los copan los inmigrantes o simplemente han desaparecido por los avances de la tecnología o la globalización. Y algo parecido sucede a nivel de región o país. Son las regiones y los países con gente mejor formada los que pueden aspirar a aplicar mejores tecnologías y a producir un mayor valor añadido. Debemos cuidar la formación a los diferentes niveles si queremos ser una sociedad económicamente competitiva. En otros momentos de la historia de la humanidad la posesión de tierras o de capital fueron lo determinante; pero en el futuro el conocimiento va a ser lo que discrimine, de hecho, ya lo es.

Aceptado lo anterior quisiera reflexionar sobre otros dos aspectos: cómo y sobre qué formar. Oigo con frecuencia en los medios de comunicación que hay una gran distancia entre la formación que se imparte en las aulas y la práctica profesional, como un elemento descalificador de dicha formación. Y es algo que, después de cuarenta años dando clases en una escuela de negocios y aplicando esos conocimientos en la empresa, veo muy poco claro. Supongo que en la formación profesional será más importante esa cercanía, y no discuto que en las escuelas de negocios se hagan aplicaciones, casos prácticos, proyectos sobre situaciones reales o prácticas en empresas; pero una parte importante de nuestra docencia debe servir para «amueblar la cabeza», para hacer a nuestros alumnos mejores a la hora de pensar, de tener iniciativa, de hacerse preguntas, de cuestionar lo que se da por supuesto..., y de desarrollar valores. ¿Por qué los ingenieros son útiles en las grandes empresas de consultoría empresarial? En muchos casos no han estudiado nada que tenga que ver con su trabajo, pero tienen cabezas bien amuebladas, razonan con lógica y manejan bien los números. Sabemos que en unos años muchas actividades empresariales van a variar sustancialmente, por eso es más importante desarrollar las capacidades de comprensión, de reflexión, de adaptarse a lo nuevo, de aplicar los conocimientos..., que enseñarles a hacer mecánicamente cómo se hace hoy; que además también lo aprenden. Recuerdo, de hace bastantes años, una frase de José Ignacio Goirigolzarri (actual presidente de Bankia): «nada hay más práctico que una buena teoría».

Por poner un ejemplo: es muy importante que un alumno nuestro entienda la lógica de la contabilidad (la va a usar toda su vida); yo calificaría de importante que conozca el plan general de contabilidad español o las normas internacionales (es lo que se utiliza, y aunque va cambiando le sirve para aplicar lo anterior); pero tiene un interés menor el que sepa usar un programa informático concreto de contabilidad.

Y para aprender hay que estudiar, hay que esforzarse. Como decía un buen amigo mío, Paco Olarte, muchos años decano en el campus de Deusto en San Sebastián: el alumno tiene que sacrificarse para aprender, tiene que hacer esfuerzo. Los centros educativos, los profesores, las metodologías... son muy importantes; pero no se ha inventado una «pastillita» que nos ilumine sobre cómo valorar empresas; para aprender a hacerlo hay que trabajárselo. También se insiste sobre que ya no hace falta la memoria: «todo está en internet», se dice. Pero creo que no es verdad: yo uso muchísimo internet en mi trabajo, pero la memoria te ayuda a saber qué buscar.

Necesitamos una sociedad compuesta por individuos más y mejor formados, eso los enriquecerá como personas y, desde el punto de vista económico, los hará más competitivos.

 

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