HOMBRES

Me da la impresión de que, para tener éxito, el 8M debe huir de ciertos excesos verbales y mantener un espíritu integrador

Pío García
PÍO GARCÍALogroño

Como quizá hayan intuido ustedes al ver mi fotografía, soy un hombre. Un hombre escuchimizado y débil, que sufre migrañas y no es capaz de cambiar una rueda, pero un hombre. Lo soy suavemente, sin énfasis ni vehemencia. Ni pido perdón por ello ni me creo superior: es únicamente un dato, aunque quizá haya tenido algún impacto en mi cerebro, qué sé yo. Soy un hombre por un capricho biológico ajeno a mi voluntad y a la de mis padres, que se limitaron a unirse en grata coyunda una vez que el cura santificó su deseo de vivir juntos (eran otros tiempos). La fiesta que montaron espermatozoides y óvulos acabó formando un puzle de cromosomas y a mí me tocaron las piezas X e Y. A mi hermana le cayeron las dos equis. Fíjense qué quiniela absurda.

Los machomanes me intimidan un poco y solo recuerdo haberme pegado dos veces, las dos en el colegio: en una pelea gané yo y en la otra acabé con la nariz sangrando. La biología es una ciencia misteriosa porque si reparamos en mis barbas y en mi calva debo de estar rebosando de testosterona y sin embargo tiendo a la vida introspectiva y pacífica. Conozco hombres irritantes y mujeres irritantes, casi en idéntica proporción, y machistas vergonzantes de todos los sexos, oficios e ideologías.

Defiendo la igualdad real de hombres y mujeres, y sé que aún hay trabajo por hacer. También creo que en los últimos 50 años probablemente hemos avanzado más que cualquier otra nación (veníamos de muy atrás). Y me da la impresión de que, para tener éxito, el 8M debe huir de ciertos excesos verbales y mantener un espíritu integrador, abierto, tolerante, seductor incluso: hay muchos modos de ser hombre y muchos modos de ser mujer. No todos somos depredadores sexuales ni agentes secretos del heteropatriarcado.