La hoguera de las celebridades

FERNANDO SAÉZ ALDANA

Aunque los tejedores de nuestra leyenda negra lograron asociar el adjetivo «española» al sustantivo «Inquisición» como un tópico indisoluble, el «Santo Oficio» se inventó en el siglo XIII en Francia para combatir la disidencia cátara y cuando se creó en España ya llevaba tres siglos quemando desgraciados al norte de los Pirineos. Tras fracasar con la predicación y la campaña militar, el Papa impuso la tercera fase de la represión creando un régimen de terror basado en la delación anónima que envileció a la sociedad de su tiempo. Los inquisidores recorrían cada aldea del Languedoc y todo varón mayor de 14 años o mujer de 12 podía acusar de herejía a cualquier vecino, el cual era detenido, torturado hasta confesar lo que hiciera falta y pegarle fuego con el detalle de estrangularlo antes si abjuraba. En la caza de brujas desatada en Alemania en el XVI bastaba la acusación anónima de «tres ciudadanos honestos» para acusar a una pobre mujer de liarse con el diablo, lo que significaba igualmente la tortura hasta la confesión y el terrible suplicio de la hoguera. Hoy estas historias nos horrorizan pero el populacho no solo veía normal quemar a quienes negaban la divinidad de Jesucristo o hacían guarradas con Satanás sino que disfrutaba con el espectáculo público y gratuito de las ejecuciones.

Pero en el siglo XXI los linchamientos públicos no han desaparecido, aunque hay diferencias: siguen validándose denuncias anónimas o de actos indemostrables y en todo caso prescritos, pero las víctimas ya no son pobres diablos desconocidos sino celebridades mundiales; la pena de muerte ya no es física sino del honor personal y del prestigio social, y tampoco se aplica en piras de verdad sino en incendiarios titulares mediáticos y ardientes redes sociales que reducen a cenizas la trayectoria profesional más meritoria y admirada en menos que arde una gavilla de sarmientos.

El penúltimo ídolo abrasado en la hoguera del ala más radical del feminismo, el metooísmo, es Plácido Domingo Embil, el tenor más grande de todos los tiempos, un monstruo de la lírica que ostenta el irrepetible récord de haber interpretado 150 roles operísticos a los largo de sesenta años de carrera. Un orgullo para España que lo ha dado todo en cada una de sus más de cuatro mil actuaciones por todo el mundo, un inmenso artista que ha enloquecido al público cantando lo mismo el Des Grieux en el Met neoyorquino que el Otello en la Scala milanesa que el Lohengrin en la Staatsoper vienesa que zarzuela en Salzburgo. El ídolo perfecto para derribarlo del pedestal, ensuciar su reverenciado nombre y destruir su gloriosa carrera mediante acusaciones anónimas o sin pruebas de un «acoso sexual» de opereta. Y miren, aunque fueran ciertas. Qué tiene que ver el culo con las témporas.