Solemos los españoles arrastrar -más que asumir- el pasado; todo el pasado. En nuestra historia contemporánea (no vayamos más atrás...) es constante y manifiesto el permanente esfuerzo por imponer una determinada idea de nuestros ancestros y de sus actos, nobles o no; y, por tanto, de negar toda otra. Al proceder así nos engañamos en lo fundamental: manipulamos el pasado desde el presente, 'nuestro hoy'.

El tiempo no borra el pasado ni nuestros dramas. Todos lo sabemos, aunque aspiramos a que se olviden los que no aceptamos, los de los otros, colocando según convenga una secular barricada mental. Barricada, un término por cierto de creación española que ha quedado mundialmente asociado en todos los idiomas a la algarada violenta alimentada por el rechazo del otro.

Pese a todo, esa barricada colectiva se está agrietando por el inexorable relevo generacional: se resquebraja por obsoleta y anacrónica. Y quizá no sea desatinado pensar que está sucumbiendo frente a la lenta pero sólida consolidación de los valores constitucionales. Ojalá.

La Constitución, ya cuarentona, es en cierto modo espejo y reflejo de nuestros crecientes éxitos en superar no sólo las trincheras físicas, sino también las mentales. La norma constitucional sigue siendo, en parte, un plano de calles todavía por transitar, y sigue permitiendo modos diversos de recorrer algunos de los trayectos que describe. Y ello, al margen de que sus cuatro décadas hayan bastado para conocer de sobra sus virtudes y defectos, capacidades y limitaciones.

Crisis diversas están azotando con un poderío desconocido las sociedades libres y democráticamente organizadas. También, claro, la nuestra. Sin embargo, no debemos confundir el debate público colectivo con la discusión, la bronca y hasta la descalificación personal. El debate público es, claro, otra cosa. Lo crean, manejan y gobiernan los ciudadanos normales y anónimos sin aspavientos ni ruido mediático. Lentamente, desde la intimidad colectiva.

Son los ciudadanos quienes, en un sutil proceso apenas apreciable día a día, construyen una identidad colectiva compartida e integradora llamada a alcanzar, también, pero como última etapa y no primera, al orden político territorial.

Esta conciencia colectiva del triunfo de una sociedad sólo es posible por referencia a un hito, a un pilar que nos sirve de pauta y referencia. Una atalaya jurídica y constitucional firme que orienta nuestro signo colectivo. Esa es cabalmente la Constitución española de 1978, un hito colectivo. Porque somos, ya definitivamente, dueños de ella. Dueños y señores.

 

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