Un héroe americano

La figura de McCain se agiganta por la torpe decisión de Trump de no honrar a este veterano político

JOSÉ M. DE AREILZA. - CÁTEDRA JEAN MONNET-ESADE

Este fin de semana Estados Unidos despide al senador republicano John McCain. La imagen de su vida es la de una trayectoria de servicio público ampliamente reconocida. La figura de McCain se agiganta por la torpe decisión del presidente Donald Trump de no honrar a este veterano político, al quitar antes del tiempo establecido por el protocolo la bandera a media asta en la Casa Blanca o impedir la publicación de un mensaje oficial elogioso y detallado. Es cierto que McCain había dicho que no quería que Trump asistiera a su funeral, pero el presidente podía haber manejado mucho mejor la situación desde la altura institucional, en vez de esconderse tras un tuit a destiempo. El magnate neoyorkino no perdonaba al republicano McCain la oposición permanente de la que le hacia objeto. Pero lo que más molestaba a Trump era el status de héroe del senador, forjado durante cinco años de cautiverio en Vietnam. En el mundo trumpiano solo puede haber una gran celebridad, él mismo. McCain no quiso ser liberado antes de tiempo para evitar que sus enemigos pudieran hacer propaganda con su caso y sus compañeros de armas pensaran que recibía un trato de favor al ser el hijo del almirante de la flota del Pacífico. Trump, que se libró como pudo de ir a Vietnam, había tratado de ridiculizar este heroismo diciendo que mejor no ser capturado por el enemigo.

La inmensa mayoría de los líderes republicanos y demócratas coinciden en estos días en el elogio del patriotismo de McCain. Esta fue la guía que le permitió superar errores, fracasos y contradicciones. Llegó a la política desde el ejército, con lesiones permanentes para el resto de su vida, y siempre hizo gala de buen humor y humanidad. También de un temperamento primario, a veces temible y otras admirable, por su cercanía y franqueza. Enseguida se ganó la reputación en el Senado de ser un republicano independiente, hasta el punto que John Kerry, candidato presidencial demócrata, le pidió que fuera su compañero de ticket como vicepresidente. Su momento político estelar fue la campaña presidencial de 2008, en la que fue derrotado por un joven Barack Obama. Supo reponerse del descalabro y destacó como reformador de las permisivas normas de financiación de las campañas electorales, la lucha por los derechos de los inmigrantes, la crítica a las torturas en Guantánamo o la proyección sin titubeos del poder militar americano en el mundo. Barack Obama ha anticipado ya su elogio fúnebre, que entona este fin de semana en la Catedral Nacional de Washington: «casi ninguno de nosotros hemos sido probados de la manera en la que John lo fue, o hemos necesitado demostrar el tipo de valentía que él tuvo. Pero todos podemos aspirar al coraje de poner en primer lugar el bien común sobre el interés propio. De forma inmejorable, John nos enseñó a hacerlo».

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