Halloween o por qué somos ridículos

ALONSO CHÁVARRI

Siempre que llegan estas fechas, me entristece ver a los jóvenes disfrazados de cosas raras: zombis, brujas, monstruitos y demás fantasmones llegados del otro lado de la mar océana; y me resulta molesto porque me parece un abandono, sin mucho sentido, de nuestras costumbres y tradiciones para abrazar otras foráneas, supongo que llegadas con la eclosión de las nuevas tecnologías, que ponen el mundo al alcance de nuestra mano. Don Luis de Góngora y Argote ya avisaba: «Esto de enmendar costumbres es peligroso y violento». Y eso es lo que estamos haciendo: enmendar nuestras costumbres y renunciar a nuestras tradiciones, por causa de un aparente modernismo, huero y ridículo, que, a muchos, hace ver como maravilloso aquello que llega de fuera, especialmente si llega adobado por la incesante propaganda del Imperio Americano.

No hace tanto -medio siglo es un suspiro-, los niños riojanos y, supongo, todos los muchachos españoles celebrábamos las festividades de Todos los Santos y de las Ánimas vaciando calabazas, patatas y otras verduras de aspecto redondeado, para darles forma de calaveras y, a través de agujeros que formaban ojos y boca, lograr que trasluciera la llama de una vela, lo cual, en la oscuridad les daba un aspecto inquietante y pavoroso: aspecto de ánimas; y recorríamos las calles, al anochecer, simulando asustar a las gentes en una procesión cómico-tenebrosa que era seña de identidad del calendario y del territorio. Ahora, se organizan fiestas de disfraces -comprados en grandes almacenes multinacionales, naturalmente; ya no suele existir ocio que no haya de pagarse-, con personajes de nombres extranjeros, que han sido puestos de moda por la machacona propaganda del Imperio.

Este esnobismo galopante, que amenaza no sólo nuestras costumbres sino, en cierto modo, nuestra milenaria lengua española, comienza a tomar proporciones alarmantes. El otro día, en una zona logroñesa de tiendas modernas -franquicias y similares, fundamentalmente-, próxima a uno de los hipermercados de nuestra capital riojana, se me ocurrió mirar los nombres de los locales y abundaban, con insistencia, los títulos en inglés. No se me ocurre cosa más descabellada que poner nombres ingleses a locales españoles; también ocurre lo mismo en temas relacionados con el vino, aquí en La Rioja, y eso sí que tiene bemoles. Es como si nosotros mismos alentáramos la especie de que lo sajón es mejor que lo nuestro, lo cual sería el colmo de la estupidez. En el fondo, esos nombres en idiomas extranjeros vienen a ser residuos de aquel viejo provincianismo: una forma de aparentar lo que no se es; y ya dijo Leopardi: «Las personas no son ridículas sino cuando quieren aparentar lo que no son».

Cuando veo, año tras año, esta feria de la mala imitación que es el Halloween -no creo que llegue a ser feria de vanidades-, me pregunto con Leopardi: ¿por qué nos gusta ser ridículos?

 

Fotos

Vídeos