¿Dónde está la gracia?

JULIO ARMAS

No lo entiendo. En alguna ocasión les he comentado que no entiendo lo que tradicionalmente viene ocurriendo la noche de Año Viejo. Pongámonos en situación: la familia alrededor de la mesa, los más escuchan, los menos hablan, son las doce menos cinco y todos, de forma seria y circunspecta, están mirando el reloj. Unos de reojo, otros descaradamente. El momento de comenzar a pasarlo bien está a punto de llegar. Nadie puede adelantar su felicidad. No está bien visto. Suenan las campanadas y en la duodécima estalla la alegría. Ahora sí, ahora ya se puede ser feliz. Besos, abrazos, serpentinas, confites, cava del gaitero y hasta matasuegras.

Multiplicamos por mil lo anterior. Plaza del Ayuntamiento, de Pamplona, de Logroño, de Matalascabras de Abajo. Las autoridades en el balcón y el pueblo soberano expectante en la plaza. Ya, ya,... ya se va acercando la hora. Silencio generalizado. Que nadie se divierta antes de tiempo. La hora de ser felices todavía no ha llegado. Esperen, impacientes. Y casi son las doce. Esta vez del mediodía. Que nadie adelante su felicidad. Un poquito... un poquito más. Y ¡ya!, cohetazo, jolgorio, botes y rebotes, besos y abrazos. El pueblo soberano puede comenzar a divertirse y además se le autoriza a que se divierta durante varios días.

Hay que guardar las tradiciones. A las lúdicas me refiero, las otras cada vez importan menos. Tradiciones. ¿Dónde está la gracia de un día al año, tirarse al monte y los unos a los otros arrojarse cántaras y cántaras de vino por la cabeza? Que esto debe de tener gracia no lo dudo, que no entiendo cual no lo duden. ¿Y el vino es el de beber?, me suelen preguntar. Aunque no tengo ni idea me imagino que de bueno tendrá poco, pero solo me lo imagino. A lo mejor, nunca se sabe, alguien con la sulfatadora de juguete va regando a los asistentes con reserva del cuarenta y ocho. Cosas más raras se han visto.

El vino no es muy bueno dicen, los tomates no valen para el consumo humano, dicen también los organizadores de esa marranada que llaman la tomatina y que se hace año tras año en ese pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme. Cientos, miles, toneladas de tomates que un día determinado, a una hora determinada y en el momento preciso se salvan de que los metan en una lata y los manden 'pa' Caracas (1) porque son utilizados para enguarrar calles, plazas y público adicto a la «tomateporquería» tradicional y generalizada. ¿Quién lo entiende?

¿Quién entiende que en algunos lugares habitados por seres supuestamente civilizados, la diversión consista en soltar con previo aviso unos toros por las calles para que el que quiera se juegue la vida, apostando a que corre más que las bestias, aunque en algunas ocasiones, como la de la semana pasada, la bestia corra más que el hombre y sea el cementerio el que ponga punto y final a la diversión. ¿Dónde está la gracia de esta desgracia?

Una desgracia de la que no podemos responsabilizar al pobre toro porque los hombres somos unos seres tan extraños que hasta sitios hay en los que, por no haber animal, se tira rodando por las calles un pelotón de resina sintética de trescientos kilos de peso, para que en su rodar vaya atropellando a su paso todo cuanto pille. Aunque, como hace unos días ocurrió, lo que pilló fuese el cráneo y varias costillas de un par de esos arriesgados corredores que basan su mayor orgullo en correr más que el pelotón.

Y así podría seguir contándoles costumbres semejantes a estas que cada poco sufrimos en esta entrañable piel de toro a la que tanto queremos, pero no puedo y no puedo porque tengo muchas cosas que hacer. Tengan en cuenta que ya dentro de pocos días, nuestro excelentísimo Ayuntamiento tirará su cohete en la plaza consistorial, autorizando así a que comience la diversión. Logroñesas, logroñeses, logroñesitos...¡ay madre! Hasta el domingo que viene si Dios quiere y ya saben, no tengan miedo.

(1): Que culpa tiene el tomate, que está tranquilo en su mata que venga un hijo de puta, y lo meta en una lata y lo mande para Caracas. (Canción popular)

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