El gorro frigio

RICARDO ROMANOS

Aquién sorprende que el admirado Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) diga que no puede entender lo que está pasando en Cataluña? A nadie, es una forma plomiza de hablar. Todos sabemos que Mendoza sabe perfectamente qué ha ocurrido y qué está ocurriendo en Cataluña y cómo se entretejió la tela de araña indepe desde los púlpitos pujoleros y arturmasinos mientras Aznar se volvía íntimo y los socialistas palmeaban en el limbo. Lo que en todo caso creo que no puede entender don Eduardo, porque es absolutamente incomprensible, es que ese canto de sirenas, xenófobo y folclórico esencialista, haya embelecado a tantas personas que creía hechas de una pieza. A tantas y desde tanto tiempo conocidas: eso duele. Y es que la sirénida melodía se venía escuchando desde hace muchos años, pero pocos se pusieron los tapones de cera en los oídos. Oh, dioses, ¿cómo es posible?, ¿tan frágiles eran?, ¿tan frágiles somos? Pues sí, entre lo inconsistente y lo deleznable solo existe la ambigüedad tonal de un sinónimo. ¿Acaso desconocía Mendoza cómo se estaba cociendo desde un montón de asociaciones y fundaciones «culturales» muy bien subvencionadas la «nueva historia» de els paisos catalans, echando mano para ello de una mitología de frenopático payés? Hace ya algunos años, estando comiendo en un restaurante barcelonés me lo advertía en voz baja un buen amigo, catalán hasta las cachas y figura muy conocida del teatro de allí: «Esto es rosenbergiano, están utilizando los mismos métodos pero sin parafernalia militar, nos van a hundir». Mi amigo se refería a Alfred Rosenberg, el ideólogo que armó el negocio del partido nazi alemán. En voz baja: ese miedo que desarma al sentido del humor. Porque no lo hubo ni para tomarse a coña los dislates que comenzaban a pergeñarse desde eso que allá se hace llamar Institut Nova Historia (INH), dirigido por un tal Bilbeny, y que ya comenzaba con sus chocarrerías: en un pis pas un montón de personajes universales como Cervantes, Teresa de Ávila, Erasmo de Rotterdam, Hernán Cortés, Colón, Da Vinci, Bartolomé de las Casas, Elcano (¡el vasco!) y hasta la mismísima Gioconda, pasaron a ser catalanes. Era imposible que la subdesarrollada cultura castellano-extremeña-andalusí pudiera parir semejantes fenómenos, como quedó demostrado en sus ponencias veraniegas sobre la falsificación de la Historia tras la concienzuda aplicación del Teorema de Bayes en sus investigaciones, que demostraron, también, que el clarinete y el perrito caliente neoyorquino son productos del genio catalán. Ahora le ha tocado el turno al gorro frigio, que todos creíamos frigio y que ya portaban en la testa las legiones de Darío I el persiano o la marinería grecorromana. Pues no. El tal gorro es la barretina. Colón Bertram y toda su marinería, independentistas natos cuando levaron anclas en el puerto de Pals (Gerona) patrocinados por la Generalitat del momento, llegaron a la isla de Guanahani tocados con su gorrito catalán e inmediatamente comenzaron a inculcar en sus habitantes el amor a la libertad, como ha quedado demostrado tras analizar cientos de grabados y muchas pinturas al óleo. Más tarde la barretina fue importada por los marineros marselleses, tremendos republicanos que, subiendo hasta París, le pasaron la guillette a la monarquía borbónico-fascista en aquello que se llamó la Revolución Francesa, mientras los descendientes catalanes de Colón, siempre con el símbolo republicano-catalán en la cabeza, desactivaron el Imperio español. De ahí que la barretina aparezca en banderas y escudos nacionales de Cuba, Argentina, Venezuela, Colombia y Florida. Y es que, según la psicóloga del INH Neus Rossell en su ponencia «La historia: unas creencias que generan bloqueo, enfado y rabia», «nos han llenado de historia española llena de mitos. Tiene que llegar el momento de hacer nuestra historia sin el lazo de Castilla. La libertad no tiene precio". En fin, señor Mendoza, que «como el paño es catalán se está volviendo amarillo al son que toca el martillo, tan, tan, tan». Y que «Barcelona sólo se salvará pereciendo». Lo dijo Valle-Inclán, otro tal de la subcultura castellano-galaica, a no ser que naciera en San Feliú de Guisoll. Se entiende, ¿no? Sí, de momento a mi amigo teatrero, como a Lluís Pascual hace unos días, ya lo han hundido por su tibieza ante el proceso. ¿Nos tocará ver cómo naufragamos todos?

 

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