La Glorieta está triste...

RICARDO ROMANOS

Hace un calor de chicharrina, sahariano, y son las aceras como un fogón, vaya sofoco. El ardimiento sube por las perneras del pantalón desde esa superficie desbarajustada, desde ese embaldosado de cocina vitrocerámica para pobres que los peatonalizadores del momento colocaron en la ahora calle de don Leopoldo. Es curioso, pienso: la percepción que de Calvo Sotelo guardo en la memoria, y la pateé mucho durante muchos años y la sigo pateando, es la de una calle más fresquita durante el estío, y eso que no tenía amustiadas palmerillas tropicales ni ajados maceteros ornamentales, de esos que no sirven para otra cosa que para hacer el ridículo. Un mal pensamiento, a lo que parece, porque una baldosa suelta, traicionera, me regala un retorcijón en el tobillo. Por no pensar correctamente, supongo. Salgamos presto de este horno crematorio, me digo. Y emboco Juan XXIII. Voy pegado a la pared por una estrecha sombrita hacia la Glorieta. Cuidado con ese mojón de perro como la pirámide de Keops, no te estampes. Soy uno y solo en la calle, ni un alma, cuando esquivo a un bicicletero que va vociferando al telefonillo. Sapos y culebras. Se vuelve, intenta hacerme un corte de mangas y el móvil sale disparado y se descacharra contra el suelo. El corte de mangas es el mío. Con fuerza, a la italiana, prendere con il sacco. Gracias, gracias Jesús mío cubierto de rocío: sin que sirva de precedente, hoy creo en ti, qué milagro más hermoso. Y ahí, al fondo, el verdor de la Glorieta. La Glorieta está triste, ¿qué tendrá la Glorieta? Un hedor que espanta. Irrespirable. A orines. Me viene a la cabeza don Luis Barrón, uno de los primeros y buenos arquitectos del siglo XIX que junto con sus colegas Maximiano Hijón y Francisco de Luis sacaron a nuestra Logroño de aquel poblachón medieval que fue, para hacerla limpia y burguesita. Ahí está Portales, que les debe todo, y lo que fue el perímetro amurallado logroñés, los «muros», con sus preciosas viviendas de miradores, o los principios de la entonces General Zurbano y las llamativas casas de Avenida de Portugal... Ah, la Glorieta. Allí me siento estratégicamente, lejos de su acceso por Levante, convertidas sus escaleras en un mingitorio al aire libre. Don Luis, que también levantó el Instituto (y el Matadero, y la hoy Sala Amós Salvador, y la Fábrica de Tabacos y muchos edificios más, hoy desgraciadamente desaparecidos), a esa zona de nuestra plaza ajardinada la denominaba «salón de verano». Un lugar para el frescor, el paseíllo, el juego de los niños y la amena charla vecinal. Cuando yo nací, hacía muchos años que la Glorieta seguía sirviendo a las intenciones de su hacedor. De niño la reconocí con dos quiosquitos enfrentados. Uno, el de Samaniego y sus patatas fritas. El otro, de chucherías varias, quizá también helados y polos, aunque quizá esto lo sueñe ahora desde el banco donde contemplo el asco de su decadencia, tan irresponsablemente propiciada por nuestros munícipes. Y por la dejadez de la Guardia Urbana, o como se llame, que al parecer ha de dedicarse a más altos designios y no a ejercer su labor de policía, esto es mirar por «la buena marcha en las ciudades o estados, dentro de las ordenanzas y leyes». Policía: también limpieza y aseo. Ay, si don Luis levantara la cabeza y viera en qué se ha convertido su «salón», y en qué el magnífico «túnel» de arbolado en Duquesa de la Victoria, desaparecido de la noche a la mañana en la era Revuelta: no menos de 70 árboles (cuenten los alcorques vacíos) a los que hay que sumar, ya dentro de la plaza, otros 24: una vez talados o muertos se encementa horrorosamente el hoyo y a otra cosa, mariposa. ¿Por qué esta dejadez, por qué esta irresponsabilidad municipal? Pues porque los vecinos y comerciantes del entorno les importamos una mierda. O un hectómetro cúbico de meadas. Luego vendrán algunos (y algunas) decoradores de exteriores, antes arquitectos sabedores de urbanismo como Barrón y ahora unos perfectos y endiosados imbéciles, y nos meterán el acero corten con sus antiestéticas oxidaciones y piscinas de metacrilato, después de talar el arbolado para ponernos bonsais. Pero de momento, y a la espera de que terminen el Instituto allá por 2050, la Glorieta irá a peor. Una pena, una pena... Y otro día hablaremos del asuntillo ese de la ordenanza del ruido, que tiene tela que cortar.

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