Fútbol: pasión y miseria

«Soy un apasionado del fútbol, pero no amo el fútbol». El juego colectivo de once contra once no tiene límites

JUAN CARLOS VILORIA@J_CVILORIA

La pasión por encima de la miseria. Siempre. Los sentimientos por encima de la moral. Casi siempre. Un cóctel de contradicciones, paradojas, emociones, negocios, mafias. Pero puede con todo. El juego colectivo de once contra once no tiene límites. Como dice el filósofo francés Robert Redeker, el fútbol jamás ha emitido tanta luz en torno a él. De tal forma que dos de los ídolos del momento, Messi y Ronaldo, vuelan por encima de los mortales a pesar de ser delincuentes fiscales confesos. Se les considera seres superiores, atletas del espectáculo y por lo tanto con derecho a vivir al margen de las reglas. La pregunta de Redeker tiene miga: ¿se puede, a pesar de todo, amar el fútbol? Amar como se amaba en los tiempos de un deporte local, de balones de cuero y botas de gruesos cordones. De campos de barro y camisetas a rayas. De juego lento y brusco y porteros con rodilleras. Su respuesta se puede aplicar, probablemente, a millones de espectadores que cada tarde-noche nos pegamos al televisor para conectar con Rusia. «Soy un apasionado del futbol, pero no amo el fútbol».

Asistir al asalto del presidente del Real Madrid a la selección, en capilla, no es precisamente un argumento a favor del 'fair play'. Más bien es la expresión desvergonzada de la supremacía del 'business' sobre el deporte, sobre la afición, incluso sobre los jugadores multimillonarios del fútbol de élite. Sin olvidar que el anterior presidente del fútbol español durante un cuarto de siglo acaba de salir de prisión y está imputado en unos cuantos procedimientos por corrupción. Las paradojas más llamativas, sin embargo, tienen que ver con la realidad de un negocio que hace alarde de un capitalismo internacional sin límites ni fronteras mientras se envuelve en la bandera de los colores nacionales. A más globalización más pasión por las selecciones locales. Aunque España, como siempre, marca la diferencia. Nosotros tenemos territorios dentro de la nación que se suman a la hinchada de Rusia, de Argentina o cualquiera que pueda derrotar a lo que el nacionalismo local considera representación de los represores centralistas.

¿Se puede amar el fútbol cuando se adueñan de los estadios las ideologías? Utilizar el sagrado terreno de las emociones infantiles y del deporte limpio para convertirlo en altavoz de los caciques de la estelada es justo lo contrario de lo que inclina a amar el juego. Messi entendió rápidamente que ahora ser estrella del fútbol y del nacionalismo de la estelada te blinda en tus chanchullos fiscales. «Dieron orden a Madrid para atacarme», dijo en una de las escasas entrevistas que concede. Un crítico deportivo se esforzaba estos días en explicar los esfuerzos mentales que tiene que realizar para separar al Maradona mágico en los terrenos de juego de «ese payaso» que se pasea por los estadios con un puro en la mano insultando a todo el mundo. Miserias de un deporte que no deja de apasionar.

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