Franco, ese hombre

ALONSO CHÁVARRI

Con la exhumación, que está por ver, de los restos del dictador Francisco Franco Bahamonde, nombre que, para los muchachos de mi generación, era de obligado conocimiento, así como que fue el general más joven de Europa, por los ascensos, debido a su arrojo en la batalla -más bien por su desprecio a la muerte, pues era de la escuela de Millán Astráin, fundador de la legión y que espetó a Unamuno, en la Universidad de Salamanca aquello de «Viva a muerte»-, han venido a mi memoria recuerdos olvidados de la dictadura, como aquellos «XXV AÑOS DE PAZ» con que fuimos bombardeados por radios y televisión, allá por mil novecientos sesenta y cuatro, y con los que el régimen quiso conmemorar los veinticinco años de la triste victoria en la sangrienta guerra Civil -no hay que olvidar, aunque a las nuevas generaciones pueda parecerles lo contrario, si no caen en la cuenta de que la historia la están reescribiendo los vencidos, de que aquella guerra fraticida fue ganada por los franquistas-. También han vuelto a mi memoria aquellas «Demostraciones Sindicales» del estadio Santiago Bernabéu, en las que bailaban danzarines de toda España, para satisfacción del entonces llamado Caudillo; o el Festival de Navidad, que organizaba doña Carmen Polo de Franco y en el que la estrella solía ser el cantante Raphael, ahora consuegro del expresidente socialista de Castilla la Mancha, José Bono, en el que decía, dirigiéndose a la, después, Señora de Meirás, aquello de «Señooora..., mi señoooora». Recuerdo, apenas, aquellas películas que ensalzaban al bando vencedor, incluso «Raza», la película de la que fue guionista, es un decir, el dictador; pero sobre todo, recuerdo la película «Franco, ese hombre», echa para mayor gloria del personaje y que probablemente vi, aunque no me acuerdo de nada, porque la propaganda inundó las ciudades con iconografías del film y los cines estuvieron abarrotados una temporada, para verlo.

Sí, la posible exhumación de los restos de Franco, que aún está por ver, ha vuelto a poner de moda, desgraciadamente, al personaje, que estaba muy bien en los sumideros del olvido, y a traer la polémica, entre los pocos que todavía se interesan por la Guerra Civil, pues los que la padecieron, casi todos, juraron ya bandera en el cementerio.

¿Qué interés pueden tener en revivir la historia de este detestable personaje, que a muchos nos amargó la infancia y la juventud, quienes han promovido la exhumación? Porque yo no me creo lo de «un dictador no puede estar en un lugar privilegiado». Por esa regla de tres, deberían sacar de El Escorial los restos de todos los reyes, además de derribar las tres cuartas partes de los monumentos históricos que engrandecen nuestras calles y plazas, comenzando por el Espartero del Espolón. Aquí tiene que haber gato encerrado, porque resucitar a alguien, que estaba muy bien en el olvido, ha de hacerse con algún fin, probablemente político. Una cosa parece clara: mientras las televisiones hablan y debaten sobre la exhumación de los restos del dictador, que da mucho juego, no lo hacen sobre otras cosas más importantes, como, por ejemplo, sobre la sorprendente forma de gobernar con menos de noventa diputados; o sobre cómo se camina por el alambre catalán, sin enfadar a tirios y troyanos; o, en asuntos económicos, sobre cómo donde dije digo, digo Diego, -ahí tenemos el caso de las S.I.C.A.V, que ni derechas ni izquierdas se atreven a eliminar este producto financiero de baja tributación-; o en el impuesto sobre el diésel, con la disculpa de que es contaminante, pero sin hablar del avión, que es el que más contamina y, encima, se viaja por placer y «low cost».

Se me ocurren otras cosas con las que distraer al personal, cuando se acabe lo de Franco, como, por ejemplo, sacar a colación si hay que legalizar a las prostitutas o si pueden sindicarse -aunque me parece que en esto ya se han adelantado-, o volver a guerras educativas, en vez de consensuar la enseñanza..., o... En fin, hay muchas posibilidades de distracción, para que el votante no se fije en lo fundamental. No solo lo de Franco. Ese hombre que estaba muy bien en el olvido.

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