El extraño caso del submarino gordito

JULIO ARMAS

Entre los que se van de vacaciones los hay de tres tipos: los que para descansar quieren cansarse viajando, los que quieren descansar en la montaña y los que prefieren hacerlo en el mar. Viajar, mar y montaña (como la caldereta de pollo con langosta), no hay más. Y hablando del mar me viene a la cabeza la historia esa del submarino, ¿se han enterado?, ¿no?, pues se la cuento.

Verán, la cosa, por lo que he leído, es que el Gobierno de España hace dos o tres años, y por 530 millones de euros cada uno, decidió comprar cuatro submarinos a una empresa pública española. ¿Y para qué?, pues eso ya no lo sé, para ir por debajo del agua como los peces, supongo. Y ocurrió que cuando la cosa estaba más o menos en marcha alguien se dio cuenta de que el «Isaac Peral», que es como se llama el primero de estos cacharros que se están construyendo en los astilleros de Cartagena, pesaba setenta y cinco toneladas más de lo proyectado, por lo cual, y ya una vez en el agua, don Isaac no podía subir y bajar como hacen los peces, porque bajar bajaba, pero subir, ¡amigos míos! subir era harina de otro costal.

Había que buscar una solución y se encontró. ¿Cuál?, pues llamar a los americanos para que realizasen los estudios necesarios y corregir el sobrepeso. Unos dietistas de submarinos, para que me entiendan, que nos hacen el informe, nos lo mandan por correo y con el informe nos mandan también una dolorosa de catorce millones.

¿Y qué dice el informe? Pues que después de hacer todos los cálculos habidos y por haber han llegado a la conclusión de que al pobre don Isaac le pasa lo mismo que a mí, que no es que esté gordito, que es que soy demasiado bajo para el peso que tengo. Con lo que enseguida se dan cuenta de que el problema tiene fácil solución, se estira un poco al señor Peral y aquí paz y después gloria.

Aunque claro, estirar cuesta dinero y este dinero no se contemplaba en el presupuesto inicial, por lo que entre los estudios que dicen lo que hay que hacer y el costo del hacerlo, el submarinito que nos iba a costar alrededor de seiscientos millones de euros parece que ahora nos va a costar alrededor de los mil. Es decir, que cada submarinito va a salirnos un setenta por ciento más caro de lo previsto, euro arriba, euro abajo.

Pero es que esto no es todo, porque ocurrió que cuando ya estaban las cosas más o menos claras, cuando el submarino estaba debidamente estilizado y la tranquilidad reinaba de nuevo en los astilleros de Cartagena, viene «El pupas» y dice que no nos guardemos todavía la billetera que ha surgido otro nuevo problemita que hay que resolver y que no es otro que ahora al submarino le pasa lo mismo que le pasó a mi primo Roberto, que después de los días que estuvo en la cama con lo de la pleuritis, pegó tal estirón que los pies se le salían de la cama.

O sea que por lo visto, y después del estirón que le pegaron a don Isaac Peral, ahora resulta que no cabe en la dársena del puerto de Cartagena, con lo que será necesario, por otros dieciséis milloncejos de nada, dragar y ampliar las fosas, siempre con la esperanza de que al hacerlo no resulte que ahora sean las dársenas las que no quepan en el puerto de Cartagena.

Resumiendo mucho, y ya voy acabando, que cuando todo se termine, si se termina, los sumergibles sean capaces de bajar y subir, las dársenas estén ampliadas y se haya pagado todo, dicen los que entienden que el submarino nos habrá costado el doble de lo que nos hubiera costado si se lo hubiéramos comprado a los alemanes, es un suponer.

Pero con una diferencia importante que yo veo y es que si hubiéramos comprado los sumergibles a los alemanes y hubiéramos visto que desde el primer momento no flotaban, con no haberles pagado y haberles facturado el precio de los trastornos estaríamos al cabo de la calle, y ahora, en nuestro caso y conociendo el percal, aquí lo único que se hará será pedir responsabilidades al maestro armero, aunque de todos sea bien sabido que la culpa, como siempre,... será de otro. Y nada más. Hasta el mes de septiembre, si Dios quiere, y ya saben, no tengan miedo.

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