Exportar a Trump

La revolución trumpiana se contagia por la polarización ideológica que fomentan las redes sociales y las televisiones

La victoria de Donald Trump en 2016 se debió en buena medida al acierto de su tercer jefe de campaña, Steve Bannon. Un mes antes de los comicios este ideólogo anti-globalista tomó las riendas del campo republicano. Contra viento y marea insistió en mantener un discurso radical y transgresor, muy del gusto del candidato, a pesar de que todas las encuestas le daban como perdedor. Detectaba que había una posibilidad de victoria si conseguía el voto de la mayoría blanca en la América profunda, espoleado desde hacía años por movimientos extremistas como el Tea Party. Los errores de Hillary Clinton, que tomó dos semanas de vacaciones ese verano electoral, y las acusaciones del director del FBI sobre los riesgos incurridos con sus correos electrónicos privados hicieron el resto. Bannon fue recompensado con el puesto de director de Estrategia de la Casa Blanca, desde donde peleó seis meses con los familiares de Trump y con el establishment republicano para marcar un rumbo hipernacionalista a la nueva administración. Impulsó medidas como las órdenes ejecutivas presidenciales que limitan la inmigración y discriminan a los musulmanes o la retirada de EEUU del Acuerdo de París sobre cambio climático. Su paso fugaz por Washington ha sido suficiente para dotar de ideas y vocabulario a un presidente al que no le interesa el pensamiento político sino el aplauso. Bannon cayó por fuego amigo y hace un año volvió a su vida de agitador en los medios de comunicación. Ahora ha decidido probar suerte en Europa.

Cree que su versión apocalíptica de Trump se puede exportar a la UE, aprovechando la ola populista y euroescéptica y con la vista puesta en las elecciones europeas de 2019. Aspira a sumar el nacionalismo inglés, el lepenismo, la Liga italiana, la extrema derecha escandinava y los partidos conservadores del Este. Predica la rebelión popular contra la integración económica y la inmigración. Denuncia a las elites que promueven el libre comercio y las sociedades abiertas. Desprecia la alta complejidad que suponen hoy las tareas de gobierno y quiere destruir un modelo de democracia liberal que depende mucho de sus expertos (jueces, agencias de inteligencia, economistas, banqueros centrales). Pero las enseñanzas bannonitas sobre agitación y propaganda ya han sido interiorizadas por las distintas opciones populistas a este lado del Atlántico, que son poco coordinables entre sí. En el fondo, Bannon haría mejor quedándose en Estados Unidos: a Trump no se le puede exportar, aunque su ejemplo negativo sí que viaja bien e influye en los estilos en boga de liderazgo de «hombres fuertes». La revolución trumpiana se contagia por la polarización ideológica que fomentan las redes sociales y las televisiones. Bannon, el Darth Vader de la película de Trump, es el resultado de una cultura política muy concreta, la americana, y, al igual que su jefe de filas, no tiene paciencia para entender las peculiaridades de cada país europeo.

 

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