Esperanza de vida, ¿hasta dónde?

Esta tendencia debería invitar a reflexionar de forma diferente a la habitual sobre la evolución del mundo en el que vivimos

Esperanza de vida, ¿hasta dónde?
SYLVIA SASTRE

Quizás solo sea una tendencia sin trascendencia, pero quizás sea lo suficientemente relevante para convertirse en un punto de reflexión social y económica.

En un mundo que se vanagloria del aumento continuado de la esperanza de vida durante más de un siglo, que revistas tan prestigiosas como Nature situaban recientemente hasta los 125 años, ha comenzado una tendencia leve pero sostenida hacia su retroceso, sin diferencias de género, en países desarrollados como: Estados Unidos, Australia, Holanda, Alemania, Inglaterra o Francia.

El aumento de la esperanza de vida se interpreta como un gran logro humano que, gracias al desarrollo social y las condiciones de salud, y a pesar de conflictos bélicos, crisis económicas, o epidemias, ha permitido prolongarla desde los cuarenta años, considerados ahora como punto álgido de nuestras competencias, hasta entrados los ochenta en el caso femenino o rozándolos en el caso masculino. Con ello, algunos han relativizado los efectos de la acción humana sobre el entorno, sus consecuencias y amenazas: el recalentamiento del planeta, la desigualdad social, la polución, etc. porque parecían no menoscabar nuestra existencia.

Esta tendencia contradice otras previsiones estadísticas que incluso indican que España podía situarse como líder mundial de longevidad en 2040, y comienza a poner en cuestión qué está generando esta inflexión como posible fotografía de la sociedad actual que refleja un fenómeno pasajero o, quizás, una crisis más profunda debida a fenómenos como el creciente aumento de la desigualdad social, la crisis medioambiental o la ralentización del alcance de la atención médica a la salud de poblaciones cada vez más amplias; en cualquier caso, es el reflejo de las condiciones de mortalidad de los años en consideración. Por ejemplo, en el caso de las mujeres se postula que su incorporación a estilos de vida relacionados hasta hace poco con el género masculino comienza a ser un efecto convergente incluso a nivel de salud. Quizás también muestre el impacto de la desigualdad entre clases sociales, cada vez más acusada, con un incremento de la pobreza y la población afectada por ella, teniendo en cuenta que en este sector la expectativa de vida tiene un intervalo significativamente menor de hasta trece años.

Sea lo que sea, esta tendencia debería invitar a reflexionar de forma diferente a la habitual sobre la evolución del mundo en el que vivimos y los efectos que puede tener en sistemas construidos para la calidad de vida en la vejez, como las pensiones de jubilación, ya de sí bastante inseguros en las condiciones actuales.