Lo de España sí es Jálogüin

FÉLIX CARIÑANOS

Había pensado marcharme estos días del puente a recorrer mundo en busca de nuevas experiencias, pero después reflexioné algo más y me dije: ¿para qué navegar por esos mares o escalar montañas de gélidas temperaturas, si en la tele me van anunciar lluvias y nieves en cantidad y además me ofrecen noticias de todos esos lugares donde me mojaré y pasaré frío? En consecuencia, aquí me tienen alimentando la cocina económica tronquito a tronquito y entreteniéndome leyendo un artículo de veintidós páginas que el tudelano José Mª Iribarren escribió en 1957 acerca de una visita que en el mes de abril hizo a San Vicente de la Sonsierra para ver a sus célebres picaos. El ribero salió impresionado de la tradición mantenida en esa hermosa villa de rico vino por sus flagelantes "»los únicos que siguen azotándose a la intemperie, en medio de las calles, lo mismo que en el siglo de Berceo o en los tiempos de Goya». El libro lleva por título Ramillete español.

Precisamente el jueves, mientras me levantaba a prepararme en la sartén unas magras de jamón con tomate, la radio emitía información sobre cómo se estaba desarrollando la fiesta de Jálogüin en nuestra amada Patria. Otra costumbre. A mí, la verdad sea dicha, me encantan las fiestas, tengan dos mil años o dos; este cruce de orígenes culturales e intereses económicos conlleva que la sociedad hispana está cada vez más animada y que, además, hay personal para tragarse todo. Sin embargo, permítanme que ponga de relieve un matiz: no existen hoy celebraciones como las españolas. A ver, ¿qué personajillo del Jálogüin norteamericano puede compararse con el señor Villarejo, ese poli que tiene acojonada a la muy empingorotada clase política española, cual Jack el Destripador con grabadora?

Otra prodigiosa tradición jalogüinesca de nuestros lares es la de resucitar cada equis tiempo -frecuente y excelentemente calculado- al Generalísimo o Caudillo (con mayúscula, por tanto como lo nombran, más que a los héroes de la prensa del corazón). El pueblo llano suele emitir opiniones diversas acerca del óvnico suceso: estos dicen que es una maniobra electoral; esos, que un signo de libertad; aquellos, que ya huele (el asunto), etc. Y no digamos nada de los numerosos sitios en los que lo van a inhumar, según las declaraciones de altas instancias tanto nacionales como internacionales que parecen hallarse bastante liadas (entre ellas, que yo continúo almorzando delicadamente en la cocina). No les quiero mencionar a ustedes que un amigo mío, hincha del Barça, sugirió ayer viernes a los de la cuadrilla que podían trasladarlo también a la sala de trofeos del Real Madrid. Formalidad, señores, que bastante ha sufrido la hinchada merengue con lo de Lopetegui.

De todos modos, que no obren como hicieron con uno en mi pueblo, que lo sacaron de la iglesia y lo enterraron en la calle, según reza una célebre leyenda urbana por las que preguntan numerosos turistas, «para que lo pisaran los buenos cristianos y las bestias». Era un tal César Borgia. Luego, en 1953, lo sepultaron a la puerta del templo, con lo cual, al menos, no lo pisan los animales de cuatro patas.

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