El equipo con nombre de calle

Un club modesto que no especula para hacer equipos campeones, que no promete títulos ni vende sueños que acaban rotos antes de nacer. Un equipo muy alejado de la imagen del fútbol actual, de los contratos millonarios y del éxito fugaz

Mi infancia son recuerdos de un equipo de fútbol de Oviedo. Un equipo que tenía, y aún tiene, el nombre de la calle donde vivían mis abuelos y se criaron mis padres, la calle Rosal. Es muy raro que un equipo lleve el nombre de una calle, en vez del de una región, una ciudad o incluso un barrio. Y por casualidad, en mi edad adulta y en otra ciudad muy diferente, me he visto vinculado a otro equipo que también debe su nombre a la calle donde fue fundado, el CD Villegas. Y si mi padre, que fue jugador fugaz y presidente muchos años, pudiera ver ahora el club donde juega su nieto creo que podría reconocer los mismos valores, la misma pasión del club de su juventud, el de toda su vida.

La calle del Rosal de Oviedo era a mediados del siglo pasado la frontera entre la zona más elegante de la ciudad y la más humilde; dentro del Casco Antiguo, pero fuera de los muros medievales. Un puente entre las diferentes almas de la ciudad; el punto de reunión de gentes de muy diferente condición social y económica que vivían juntas y compartían un espacio común. Entre las señas de identidad de la calle estaba, sin duda, su equipo de fútbol donde jugaban señoritos adinerados, los hijos de los comerciantes y los chiquillos de la calle en una forma de convivencia que el paso del tiempo ha borrado de nuestras ciudades. Un milagro que podemos encontrar todavía en La Ribera, donde gentes de muy diferentes culturas, países, religiones y clases sociales se juntan alrededor de un balón, constituyendo un ejemplo vivo y emocionante de integración real. Para hacerlo posible es necesario que un grupo impagable de personas cedan su tiempo libre para que un puñado de niños y adolescentes puedan hacer deporte y aprendan valores que les acompañarán siempre: trabajo, compañerismo, sacrificio.

Un club modesto que no busca jugadores de otros equipos ni especula para hacer equipos campeones; que no promete títulos ni vende sueños que acaban rotos antes de nacer. Un equipo muy alejado de la imagen del fútbol actual, de los contratos millonarios y del éxito fugaz. Un equipo acogedor y humilde en el que todos juegan y en el que todos son importantes y en el que todos son acogidos de corazón cuando llegan y añorados cuando se van. Un equipo cuyo estadio no solo es cancha deportiva sino también lugar de reunión de los chicos del barrio que van allí para charlar, para ver fútbol o, simplemente, para pasar la tarde juntos.

Y dentro de este club ejemplar hay un equipo ejemplar que personifica perfectamente lo mejor de las virtudes del Villegas: su cadete A, que recientemente ha ganado su liga. Un triunfo inimaginable nacido del tesón, del sacrificio y, sobre todo, de la continuidad de un grupo que lleva jugando juntos desde los 5 o 6 años. Dice Serrat que «de vez en cuando la vida nos besa en la boca» y ésta debe ser una de esas veces: un modesto equipo logrando un triunfo inesperado, que por inesperado se disfruta mucho más. Un triunfo modesto pero que sirve de recompensa del sacrificio de unos cuantos años; que premia el trabajo de unos entrenadores, desde los primeros, cuando eran unos niños, hasta los de ahora -Diego, Jony y Yécora-, que con paciencia y cariño supieron encauzar el talento de este grupo de amigos que juega al fútbol juntos. Porque esto es exactamente lo que son y los que les ha convertido en un equipo tan sólido: un grupo de amigos que juega, amigos que juegan al fútbol. Y que cuando el tiempo y la vida inevitablemente les vaya separando llevarán siempre los valores y los recuerdos de estos años en el Villegas. Y que cuando cambien de club y se pongan otra camiseta, llevarán siempre debajo, pegada a la piel, la roja del equipo en el que hicieron mucho más que ganar una liga, en el que aprendieron muchas más cosas que a dar patadas a un balón.

Hace más de diez años mi padre estaba ingresado en el hospital donde falleció poco después. Le pidieron entonces, para el 75 aniversario de la fundación del Rosal FC, que escribiera el prólogo del libro conmemorativo. Aquellas palabras no llegaron a tiempo para la imprenta, pero resultan ahora perfectas para el club y para el equipo donde juega su nieto. Decía mi padre entonces que «para ser feliz jugando al fútbol basta con un grupo de amigos, un balón... y un trozo de calle».

Para mi padre y para mí, esa calle fue la calle Rosal de Oviedo. Gracias a este club maravilloso, gracias a su equipo cadete, mi hijo ha encontrado lo mismo: un grupo de amigos y una calle donde jugar al fútbol, la calle Villegas, en La Ribera.

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