Enoturismo amargo

El relato sobre el potencial enoturístico de La Rioja que esta semana se ha escrito en la UR por un puñado de contrastados especialistas da como resultado una combinación de apariencia amable pero de amargo retrogusto final. De un lado, sonríe la invitación al optimismo que se destila de las oportunidades que se anuncian. De otro, agría el desaliento que se decanta de la ineficacia que, vistos los resultados, demuestra la región en la gestión de esta materia llamada a ser clave en su desarrollo socioeconómico. Y por encima de ambos, una certeza indiscutible: la diversidad de la oferta que La Rioja puede ser capaz de presentar a un mercado global en pleno crecimiento no se corresponde, o no debería hacerlo, con la regresión en el número de visitantes a La Rioja Alta que anuncia el último informe de la Asociación Española de Ciudades del Vino. La Rioja cuenta con una indiscutible capacidad que se ve lastrada, advierten los expertos, por la falta de profesionales con preparación adecuada y por una infraestructura hotelera rácana en alta calidad, por no hablar de las comunicaciones. Se impone, pues, que sector y administraciones, de la mano, abandonen el camino actual y marquen la nueva ruta por donde desean que discurra el destino enoturístico de la región si desean que ésta se mueva en el rango de la excelencia que le están señalando los expertos.

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