El enigma y la broma

BERNARDO SÁNCHEZ

La semana pasada, el lunes 16, en el debate en el Congreso sobre la llamada «ley de eutanasia», Pablo Casado afirmó -'sentenció', prefieren matizar algunos medios- que «este problema no existe en España». El negar la condición de problema a lo que a todos los efectos es un problema, decretar el 'no problemo', solía ser el método (Descartes me perdone) que tenía Rajoy, ¿se acuerdan?, de dar por liquidados los problemas. Que no de solucionarlos. Tú coges un problema, dices que no es un problema y arreglao. Lo que nos acarreó muchos problemas, claro, a fecha de hoy sin solución a la vista. Los problemas fueron durante un par de legislaturas meros hilillos, mentiras, problemos o cosas que no importaban a los españoles. Así, los problemas se solucionaban solos, o más bien no se solucionaban. Son técnicas que igual valen para lo de la autoayuda, pero no para el gobierno de una nación, cuyos problemas -que alguno habrá que pueda ser considerado como tal, digo yo- no los solucionan por la noche los enanitos del cuento, mientras duerme el presidente. Pero en el caso de que se trata, la forma de afrontar tu propia muerte; es decir: el problema, el problema por antonomasia, la 'sentencia' de Casado va más allá (o al más allá, no sé) porque cuando asevera, al hilo -o hilillo- de una posible ley de eutanasia, que el problema no existe en España, ¿a qué se refiere Casado?: ¿no es problema la eutanasia -una ley, su trámite, un debate sobre los términos de su correcta aplicación- o no es problema el morirse? ¿No plantea el morirse problemas a los españoles, con lo que tiene el morirse, en general y en particular? Ayer, sin ir más lejos, se podía leer en El País digital que «la muerte va a peor en España»; hasta el punto que «morir bien atendido, depende del código postal» (sic). No es humor negro, por tanto, lo de que aquí tampoco funciona bien la muerte. Pues las distancias hospitalarias pueden imposibilitar la aplicación de los cuidados paliativos. Y ponían el ejemplo de un pueblo de... Pontevedra; el de una mujer a la que no pudieron llegar esos cuidados por vivir (o sea, por morir) a 25 kilómetros de la capital. Esto es -y no le quedaba lejos- como de Valle-Inclán. Que lo de la muerte no sabemos hacerlo, lo ve un ciego: Max Estrella, por cierto, ya sostenía que un factor de nuestras miserias era la falta de sensibilidad «ante los enigmas de la vida y la muerte». Por eso, Estrella prefirió encaminarse motu proprio hacia la suya; hacia su propia muerte en paz, entretanto fantaseaba con asistir al entierro de Victor Hugo (lo único por lo que le hubiera merecido recobrar la vista al maestro); «acostándose a la espera» y pidiéndole a don Latino, acercándose el instante decisivo del deceso, que le cantara el gori-gori. Para concluir, Estrella: «Estoy muerto. Buenas noches». A don Latino le parece que su compañero pudiera estar gastándole una broma macabra, pero de no ser así -y no lo era, como sabemos- reconoce que el trance alcanzaría una 'significación teosófica'. Acaban de reponer Luces de Bohemia en el Centro Dramático Nacional. Luces de Bohemia, la jodida, es que se repone sola, se reescribe sola. Hasta en estos detalles del morir aquí. Pienso que con todas las circunstancias que la rodean, la muerte, digo -de la que esta semana se agotará su merchandising-, circunstancias tan dolorosamente íntimas; con una casuística de sufrimiento tan intransferible (tan indecible, en ocasiones); todo esto, una idea sobre cómo afrontar humana, positivamente, este trance, el trance máximo, es algo que -si, como sabemos por la experiencia, supera, rebasa e incluso suspende en el momento, materialmente, ideologías, doctrinas y posicionamientos; y no convendría, porque además es inútil, que nos engañáramos en este punto- debiera por una razón de estado -cuando el Estado mira por el estado, el estado individual-, debiera, digo, de una forma prioritaria estar consensuado al margen de las consignas, estrategias y mercadeo partidistas. Es absurdo un foro, un parlamento, compuesto por seres humanos, mortales todos, en que unos faciliten y otros, en cambio, intenten impedir el legislar (es decir: reconocer y paliar el problema) sobre el bienmorir (eu-tanasia, griego) del prójimo -de momento-; o en que se recele el intentar aliviar, en la medida de lo posible, el dolor terminal. Esas reservas, calculadas, igual valen para llenar al nicho eventual de votos o tranquilizar alguna conciencia pero nunca para ayudar a morir dignamente al español, cuando toca. Algo que todos deseamos al final. Porque la muerte no es de derechas ni de izquierdas. Ni el padecimiento. La muerte es de centro. De centro vital. La muerte se encuentra en el centrum de nuestra naturaleza y de nuestros pensamientos. Pero en fin, hay para quien este enigma no existe en España. O igual fue una broma macabra de Casado.

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