El enemigo, en casa y el amigo, en la trena

RICARDO ROMANOS

La verdad es que tengo unas amistades muy perspicaces, entendidas en materias como las que voy a tratar a continuación. Y en otras muchas que no hacen al caso, da gusto. Así que debo confesarle que para cuando hace un par de lunes le preguntaba a usted aquí, desde esta Ventana, sobre qué impulsos de frenopático habían podido empujar a esa panda de vándalos (y alanas, no podían faltar) a destrozar más de medio centenar de cristales de las marquesinas del transporte urbano logroñés, mis colegas, mis amigos, ya habían puesto en escena, ante un fresquísimo gazpacho, sus sagaces conclusiones. Es más, uno de ellos se apostó el bigote a que la horda de la noche de los cristales rotos era la misma que, en jornadas anteriores, había prendido fuego a todo lo que se le ponía por delante. Y va el sombrero a que en un par de días están donde tienen que estar, añadió. ¿Y el por qué? Pues porque sí. Un juego de aquí estamos los más guay del Paraguay, y tuitear la hazaña con la peña, esas descerebradas vanidades, esas desconexiones neuronales que Internet provoca en los agilipollados. Así que sabíamos, supimos a ciencia cierta que nuestro amigo no se iba a afeitar el bigote. Y, efectivamente, a los dos días ¡zasca!, los vaticinios de nuestro colega se cumplieron al cien por cien. Lo que no sabíamos entonces, o lo sabíamos a medias, era la magnitud del destrozo, que este diario se encargó, tan pronto como los pajaritos estuvieron enjaulados, de aclararnos. Recapitulemos: además de las marquesinas, estos terroristas autodenominados 'los payasos justicieros' (nombre que sacaron de uno de esos espantosos sainetes con que las teles públicas y privadas culturizan a la gallofa) incendiaron 33 vehículos, habiendo robado cinco de ellos, así como una veintena de ciclomotores; quemaron contenedores, ocasionaron estragos en otros doce automóviles aparcados y terminaron prendiendo fuego a tres garajes comunitarios, produciendo serios daños en el forjado de uno de ellos con grave peligro para vecinos y bomberos. Seis o siete eran los cabezas de cartel de la película: un par de menores, tres mozos y dos mozas de entre 18 y 23 añitos. Mis amigos y yo esperaremos expectantes, curiosos, el veredicto de la judicatura. Entre gazpacho y gazpacho salió también a relucir, por asociación ineludible, el asunto de los 'anarquistas veganos' madrileños que se han tirado tres años con el sambenito de terroristas por tuitear frases de Herbert Marcuse, eslóganes ya pasados de rosca de aquel Mayo-68 parisino y algunas otras tonterías de cómic japonés, tales como Goku vive, la lucha sigue, o un terrorífico Muerte al Estado, abajo el Capital. A la jueza que llevaba el temario, doña Carmen Lamela, lo de «Goku vive» le debió sonar a euskera, he ahí el quid etarra de la cuestión -terció un ácrata jubilado-. Fue determinante para empurarlos -añadió otro- el que vendieran camisetas en el Rastro con salvajes mensajes antisistema tales como La resistencia no es violencia, es autodefensa. Aporté mi grano: lo del registro domiciliario policial fue de Mortadelo, pues allí se encontraron colonias, champús, jabones y geles susceptibles de ser convertidos en explosiones revolucionarias: prueba irrefutable de pertenencia a banda armada... Y un prójimo cachondo: determinante resultó el hallazgo de un sobre de sopa de lombarda en polvo, quién ignora que una lombarda pueda tener un intríngulis artillero. En fin, que el pavoroso comando publicó en su web vídeos de policías en actitudes poco contemplativas ante manifas y concentraciones, y que en la rifa de la señora jueza les tocaron también ataques a bancos y otras estilosas garambainas: 35 años, les pidió. Uno de ellos permaneció un año y cuatro meses en preventiva trena y otros 12 probaron, también, las delicias del talego... Al fin, la justicia los ha absuelto, nada se ha podido probar: sus mensajes eran tan solo «una muestra de rebeldía juvenil». Como en aquella canción de Jeanette. Mas algo nos dijo, nos dice, que los payasos justicieros, esos mostrencos de aquí, no van a padecer lo mismo, son unos angelitos comparados con esos siniestros anarquistas. Seguro que no, dijo el del bigote. Y mi amigo es profeta, ya le digo a usted. Ah, el gazpacho estaba riquísimo, ahí mismito, en la calle del Cristo.

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