Me encantan los distintos

FÉLIX CARIÑANOS

Ahora que aprietan los calores, suelen frecuentar nuestras calles y terrazas los guaraches. Varias veces he leído esta palabra equivalente a sandalias en las secciones de prensa, sobre todo en las que se dirigen al público femenino. A mí el vocablo me transporta inmediatamente a los tiempos de la revolución mejicana, concretamente al corrido dedicado a Gabino Barreras, aquel célebre rebelde popular: «Sus pies campesinos/ usaban guaraches/ y a veces a raíz andaba/ y, aunque pisaba sobre los güïsaches,/ sus plantas no se espinaban».

Precisamente mi chica ha venido de Vitoria luciendo unos huaraches bellísimos; qué hermoso es el arte de la zapatería; tienen la suela de esparto. Me ha dado por medirle el tacón con uno de esos antiguos metros de madera que anda por casa: trece centímetros. Maite afirma que es un número que le da suerte y dice que, si Soraya se hubiera puesto unos tacones de veintiséis, hubiera estado más a la altura de Pablo y hasta le hubiera ganado en las primarias.

En esto de los tacones, como en tantos otros temas de la vida, hay gustos para todos. Ahora nos ha venido al coro en que milito un joven catalán que mide uno noventa y calza unas sandalias con un tacón - se lo pregunté este jueves pasado en un ensayo- de veinte centímetros, asimismo de esparto. Marc ha llegado a mi pueblo atraído por las ventajas que albergan las localidades dormitorio que rodean Logroño y llama la atención de los lugareños cuando cruza la rúa mayor aventajando en estatura desde sus guaraches a los peregrinos extranjeros más altos.

Marc se viene hoy con nosotros a cantar a Atzeneta del Maestrat (Castellón) a un encuentro de auroros de aquella zona. Le encantan las características folclóricas de este grupo vianés y, sobre todo, le llaman la atención las jotas; las viejas jotas agrícolas y las de amor. Su madre regenta en Barcelona un puesto de verduras en La Boquería y Marc sonríe mientras ensaya 'La perejilera' y 'La lechuga': «Por las calles de Madrid/ iba una perejilera: ¿Quién me compra perejil,/ que me marcho pa'mi tierra?»; «Toda mi vida hortelano,/ toda mi vida en la huerta,/ y no he podido criar/ una lechuga como esta».

Así que este fin de semana voy a pasarlo separado de mi amada. No sé si podré resistirlo alejado de sus preciosas sandalias por esto del folclore. Oiga, y ahora que me acuerdo de que las fiestas de verano han vuelto a poner en el candelero la cuestión de la participación o no de las mujeres junto con los hombres en determinados actos, ¿por qué los hombres no exigimos también nuestra presencia igual a la de ellas en las labores de casa y en el cuidado de los hijos? En fiestas y a lo largo del año, claro está.

 

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