Emociones

MARÍA ANTONIA SAN FELIPE

Apelar a las emociones es, desde siempre, una forma eficaz de hacer política. Además, no requiere esfuerzo porque no se acompaña de datos, argumentos o reflexiones sino de banalidades repetidas o de mentiras disfrazadas de verdades. Estos días estamos viendo las consecuencias de tratar de ganar voluntades desde discursos emocionales sustentados en falsedades.

En Reino Unido, la primera ministra, Teresa May viaja como alma en pena explicando su plan para salir de Europa. Es la consecuencia de un referéndum que se ganó desde un entusiasmo nacionalista sustentando en falacias el frenesí antieuropeo alimentado por líderes irresponsables. Pero hoy, James Ratcliffe, un sir entusiasta del 'bréxit', se ha largado a Mónaco, paraíso fiscal, para que su holding empresarial siga en la Unión Europea; Nigel Farage, el líder xenófobo del UKIP, abandonó el barco, y Nigel Lawson, un lord de rancio abolengo, ministro de Hacienda de Margaret Thatcher y vocero del 'bréxit' se ha largado a Francia para conservar la ciudadanía europea. Ellos pueden hacerlo, pero la mayoría las pasará canutas. Según acaba de hacer público el Banco de Inglaterra, una salida sin acuerdo supondría una reducción de hasta un 8% del PIB y una inflación de hasta el 6,5%. Es decir, que las consecuencia serían peores que la crisis del 2008. El propio Gobierno considera que incluso con el acuerdo alcanzado por Teresa May, el PIB se reduciría un 3,9% en los próximos 15 años.

Es cierto que la economía no lo es todo en la vida, pero cuando el viento del oportunismo deja de ondear las banderas nacionales, los efectos del retroceso económico siempre se traducen en detrimentos salariales, más desigualdad, más paro, peores servicios y más pobreza para la mayoría de la ciudadanía ya hablemos de Inglaterra o del Congo belga.

Volvamos a casa, a esta nuestra España inquieta por el ruido interesado que nos despista de lo importante. Miremos a Cataluña otra vez. Al grito de «menos discursos y más recursos», los médicos de Atención Primaria se han lanzado a la calle pidiendo la reversión de los recortes iniciados por Artur Mas que han suprimido hasta un millar de facultativos. A las batas blancas se han sumado los bomberos pidiendo medios y más efectivos. También los estudiantes exigen la reducción de las tasas. No hay recursos para estos problemas pero si para abrir embajadas por todo el universo. Tras años dedicados al procés y tras abandonar los problemas de los ciudadanos, la realidad llama a la puerta del atónito Gobierno de la Generalitat.

Tanto la reclamación de la independencia como el 'bréxit' consiguieron su mayor éxito invocando los sentimientos y ocultando la verdad sobre las consecuencias de las decisiones que se iban a adoptar. Ahora todos están perplejos. Muchos en Reino Unido estarían dispuestos a cambiar su voto. En Cataluña algunos, tras haber roto la convivencia, desearían no haber tensado tanto la cuerda. En el resto de España muchos son partidarios de echar más leña el fuego. No aprendemos. Ahí tenemos a Pablo Casado hablando de invasiones de inmigrantes que vienen a imponer sus costumbres como la ablación de clítoris sabiendo, como debiera saber, que nuestras leyes prohíben esas prácticas y nadie en este país está por encima de la ley. Pero estas arengas se colocan bien, consiguen aplausos y adeptos porque las vísceras se ganan antes que la inteligencia. Mientras los discursos huecos inventan problemas, una mujer se lanza desde un quinto piso cuando iba a ser desahuciada, ancianos aparecen muertos en sus casas habitadas por una soledad infinita, los salarios siguen bajando, los médicos no dan abasto y los que han saqueado España no devuelven lo robado, aunque para el cinismo rampante lo más importante es que la bandera ha sido moqueada por un payaso.

 

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