ALGO ECHAMOS EN FALTA

EDUARDO AÍSA

Meritorio público el de este concierto sinfónico-coral, que tenía las temibles concurrencias del famoso Ballet Nacional de Cuba en el Teatro Bretón (lamentable competencia), la ansiada final de la Champions futbolera y la propia seducción de las terrazas en un día caluroso. Estaba ahí el atractivo de dos formaciones musicales muy en forma: la sinfónica navarra, la más antigua de España, fundada por Pablo Sarasate en 1879 y el Orfeón Pamplonés, con más de 150 años y favorito en estos años de grandes directores como Vladimir Yurovski (London Philharmonic Orch.) y Valery Gergiev (Mariinski de San Petersburgo) que lo han paseado por grandes escenarios europeos.

El programa era bastante desigual, con tres obras poco frecuentes de Brahms en la primera parte y la archipopular quinta sinfonía de Beethoven en la segunda. La Obertura Académica es una vistosa obra de circunstancias para agradecer su nombramiento de doctor honoris causa por la universidad de Breslau, brillantemente orquestada, especialmente con la solemne introducción final del himno universitario 'Gaudeamus igitur'. La orquesta estuvo exultante en todas sus secciones, quizás los violines algo aplastados por los metales -ya conocemos la acústica de Riojafórum-, pero lograron una notable versión de esta alegre obertura.

El coro hizo su presentación a capella con 'La noche del bosque' (Waldesnaght), delicadamente cantada con un precioso colorido brahmsiano, antes de pasar a la obra principal para coro y orquesta 'La canción del destino' (Schicksalslied), donde pudimos apreciar la rotunda sonoridad de las cuatro cuerdas del coro y su timbre claro y refulgente; efectivamente es un coro en estado de gracia aunque, por las dimensiones y características de la obra, nos quedamos con las ganas de disfrutarlo más. Es una pena que, para una vez que nos visita un magnífico coro con cerca de un centenar de voces, sólo podamos disfrutarlo tan poquito. ¡Un desperdicio!

El director hispano-venezolano Manuel Hernández-Silva optó por ofrecernos una 'quinta' de Beethoven bastante desmelenada, de alta intensidad, con tempi vertiginosos, una versión de las consideradas extravertidas, que electrizan el cuerpo, pero a cambio pasan por encima de esos preciosos rincones de ensoñación y meditación que abundan en la partitura (no olvidemos que se le puede considerar la primera gran obra existencial de la historia de la música). Me habría gustado una mayor interiorización. La orquesta cumplió con excelencia los requerimientos de una versión tan intensa y atlética, rayando a buena altura todas las familias orquestales y los ocasionales solistas.

Si me pusieran una pistola para que califique, elegiría a las violas, las trompas y la flauta. No hubo propinas. Buena parte del público aplaudió cada movimiento de la sinfonía, lo que mereció unas palabras de exculpación por parte del director, pero yo vuelvo a insistir a la organización que es preciso indicar en los avisos iniciales, además de apagar los móviles y no grabar, que no se aplauda entre movimientos de una obra. ¡Por favor!